Evangelizar en la Cultura de la Imagen

Pbro. Walter Moschetti (*)

La televisión, que penetra en el hogar, en la vida diaria y llega a formar parte del cúmulo de hábitos de cualquier hombre de nuestra época, será un medio más que favorable para hacer que la Palabra Divina llegue al corazón del televidente y le dé razones a su existencia.

 

Origen de la imagen televisiva

La prehistoria de la televisión arranca, en sentido estricto, de los descubrimientos técnicos más elementales que hicieron posible la transmisión a distancia de la imagen en movimiento.
Fue en Julio de 1928 cuando desde la estación experimental W3XK de Washington, el norteamericano Jenkins comenzó a transmitir imágenes exploradas principalmente de películas con cierta regularidad y con una definición de 48 Líneas. Y desde los años 50, la televisión se ha convertido en el medio de comunicación por excelencia.

La televisión no nació como respuesta a ninguna necesidad inmediata e ineludible. Cuando el hombre se propuso transmitir imágenes a distancia, por cable o sin hilos, no pensaba en una recepción masiva e indiscriminada, sino en un servicio publico que permitiera solo la comprobación de documentos, el envío de planos o imágenes necesarias para trabajos técnicos o para la simplificación de tramites burocráticos.

Pero, una vez creado el soporte técnico necesario para la transmisión de imágenes en movimiento, algunos científicos comprendieron que la televisión podía repetir el éxito de la radio años antes.

En la televisión como en el cine se da una combinación de la imagen con la palabra. La naturaleza de esta combinación de mensajes es diferente de la que da el material impreso. En todo caso, se daba siempre una combinación en el sentido de complementación entre imagen y palabra. En cine como en televisión este equilibrio se rompe en aras de un creciente predominio o protagonismo de la imagen. El lenguaje se constituye en un simple determinante de la imagen. Nos encontramos, con un nuevo instrumento de comunicación que debemos conocer para poder comprender los mensajes que a través de él se nos presentan.

El lenguaje televisivo, la imagen, es un lenguaje figurativo, pero no conceptual. Apela a los sentidos, pero no existe en él una relación estrecha con la actividad mental elevada. Al contrario de lo que sucede con el lenguaje verbal.

La cultura de la imagen

El cambio de época que estamos atravesando va enmarcado en una cultura donde el protagonismo de la imagen ha tomado ribetes sorprendentes, hasta llamarse "cultura de la imagen" al presente, determinado en cierto punto, por lo que se mira a través de una pantalla, y desde allí se aprende, se entiende, se resuelve y se vive la realidad.

Anticipándose a su tiempo, el Papa Pablo VI advertía, en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi: "Conocemos las ideas de numerosos psicólogos y sociólogos que afirman que el hombre moderno ha rebasado la civilización de la palabra, ineficaz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la civilización de la imagen. (...) (Pero todo ello) no debe disminuir el valor permanente de la palabra, ni hacer perder la confianza en ella. La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios" (n.42).

No podemos contraponer la imagen a la palabra, porque de hecho ambas se armonizan en un nuevo discurso que apunta a lo emotivo.

Además, la imagen tiene en sí un valor muy alto que hemos de reconocerle. Desde que Dios se hizo Hombre en Cristo, la imagen puede ser portavoz a la vez de la Encarnación y de la Trascendencia de Dios. Cristo es "imagen visible de Dios invisible" (Col 1,15).

Una teología de la comunicación ha de tener en cuenta esta dimensión que le ayuda a valorar lo visual desde esta perspectiva divina y ahondar en la profundidad de la expresión captada a través de la imagen visible. Pensar la evangelización compromete un análisis serio de la cultura y un tomar sus valores para impregnarlos de la sabiduría de Dios que da el sentido verdadero de las cosas con las que el hombre vive, se asombra, disfruta, crea o perfecciona. La denuncia del mal, presente en el siglo, impulsa a un compromiso de transformación de la realidad, desde Dios y su Verdad.

Al ser conscientes de los estímulos audiovisuales de la televisión, los cuales son más efectivos que los visuales y auditivos por sí solos, encontramos en ellos una herramienta importantísima a la hora de comunicar el Evangelio. No podemos dejar pasar este signo de la Providencia, y utilizar este medio que está a nuestro alcance, para hacer comprensible al hombre de hoy el mensaje siempre nuevo del Evangelio.

La televisión, que penetra en el hogar, en la vida diaria y llega a formar parte del cúmulo de hábitos de cualquier hombre de nuestra época, será un medio más que favorable para hacer que la Palabra Divina llegue al corazón del televidente y le dé razones a su existencia. Frente a un contenido capaz de saciar las ansias que siempre el hombre ha tenido de verdad, de bien y de belleza, de felicidad y sentido, la televisión será un instrumento óptimo para realizar una comunicación humanizadora y liberadora.

Es indudable, que la televisión constituye una fuente efectiva en la creación y formación de actitudes en los niños y jóvenes especialmente, ya que desde temprana edad, son sometidos a su influencia sin poseer otro tipo de información. Se recurre a ella para satisfacer necesidades de distracción, reducir las tensiones y como medio para obtener información. Una programación llena de valores, desde lo creativo e ingenioso, puede entretener educando e informando. Este es el desafío que tenemos los comunicadores católicos frente a un medio de comunicación que hemos de utilizar con mayor confianza, con menos prejuicios, con más presencia y menos tiranía. Un medio que Dios mismo pone a nuestro alcance para que hagamos oír su voz y mostremos su rostro a un mundo que vaga sediento de él.

Nadie puede considerarse inmune a los efectos degradantes de la pornografía y la violencia, o a salvo de la erosión causada por los que actúan bajo su influencia. Los niños y los jóvenes son especialmente vulnerables y expuestos a ser víctimas. La pornografía y la violencia sádica desprecian la sexualidad, pervierten las relaciones humanas, explotan los individuos -especialmente las mujeres y los niños-, destruyen el matrimonio y la vida familiar, inspiran actitudes antisociales y debilitan la fibra moral de la sociedad.

Es verdad que necesitamos purificar nuestra mirada. La cultura de la imagen ha saturado nuestra capacidad visual. Ya no hay nada nuevo ni desconocido para mirar. Todo está expuesto a la vista sin filtro y sin reservas, sin pudor y sin límites. Creemos ingenuamente que mirar todo no nos hace daño, y sin embargo evitaríamos mucho males espirituales si supiéramos desviar la vista a tiempo. No todo lo que vemos nos hace bien. Más aún, si advertimos que esa saturación visual que produce nuestra cultura, es saturación de imágenes violentas: la violencia de la pornografía y la misma violencia sádica nos perturban y enceguecen. Miramos pero no vemos. Y es ahí cuando la mirada se vuelve superficial y poco profunda, hasta llegar a no advertir el sentido pleno de las cosas, de los acontecimientos, de nosotros mismos y de los demás. La realidad parece ser advertida sólo a través de la pantalla chica, y sólo son fragmentos de la realidad -inducido por intereses particulares- que no articulan todos los resortes que forman la complejidad de la realidad que vivimos.

Las imágenes y la evangelización

Es esta realidad y esta la cultura que nos toca evangelizar. Pero la evangelización no comienza con nosotros. Por ello, debemos aprender de la rica tradición de la Iglesia que, a lo largo de los siglos ha sabido utilizar elementos de la misma cultura para anunciar el Evangelio.

Las imágenes formaron parte de la evangelización, ya en las primeras comunidades cristianas, quienes representaban al Salvador del mundo con imágenes del Buen Pastor. Mas adelante aparecen las del Cordero Pascual y otros iconos representando la vida de Cristo. Las imágenes han sido siempre un medio para dar a conocer y transmitir la fe en Cristo y la veneración y amor a la Santísima Virgen y a los Santos. Testigo de todo esto son las catacumbas donde aún se conservan imágenes hechas por los primeros cristianos. Estas imágenes dan testimonio de su fe y del uso de las imágenes.

Hoy la imagen ha alcanzado una sofisticación sorprendente a través de los medios audiovisuales. Debemos reconocer entonces que contamos con elementos de mayor calidad que nuestros antepasados para evangelizar. No podemos entonces desaprovechar este tiempo providencial y estas herramientas eficaces a nuestro alcance. Y el momento es ahora. Hoy, como en los primeros tiempos de la era cristiana, la imagen deberá ser un vehículo de transmisión de la fe y ayuda al conocimiento de la verdad de Dios.

Antes de Jesús las imágenes con frecuencia representaban a ídolos, se usaban para la idolatría. En la plenitud de los tiempos, el verdadero Dios quiso encarnarse y así tener imagen humana. Jesucristo es la imagen visible del Padre.

Nos dice el Catecismo: "Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar" la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico (Cc de Nicea II, en el año 787:DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas" (476).
Todo parece indicar que la Iglesia cristiana del siglo III, aunque de un modo muy incipiente, utilizaba la iconografía con una finalidad catequética para esbozar al fiel el camino que le puede llevar a la bienaventuranza eterna.

En una hipotética segunda etapa, la Iglesia, a través de la iconografía, hace hincapié en la protección divina y en la participación eucarística como forma de asegurar al cristiano su Salvación. Aquí entran de lleno los paradigmas de Salvación que a través de su misma proliferación presuponen para el fiel todo un mensaje de esperanza.

Por último, a través de la iconografía del más allá se reitera que, gracias a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, el hombre puede alcanzar la bienaventuranza eterna.

Hoy, en la cultura de la imagen, estos elementos nos dan fuerza y luz para asumir creativamente la nueva evangelización, poniendo al servicio del anuncio evangélico la capacidad persuasiva, atrayente y atractiva de la imagen visual desde las infinitas formas y multiplicidad de colores que hoy la tecnología nos facilita y propone.

El lenguaje de la belleza

Claro que no basta utilizar los medios que tenemos a nuestro alcance. Hemos de utilizarlos bien. Los medios audiovisuales, por ejemplo, requieren una estética capaz de trasmitir belleza. La Iglesia desde siempre ha sido promotora del arte verdadero. El Papa Juan Pablo II ha expresado repetidamente su invitación a una vuelta al arte en el marco de la fe, y ha hablado de una "nostalgia de la belleza" en el hombre de hoy. Por lo tanto, la belleza no es un aspecto superfluo o periférico de la vida. Lo bello viene de Dios y nos lleva a Dios.

El joven de hoy siente una especial atracción hacia la belleza, sea de imagen, sea de música o ambas. Lo bello contribuye a armonizar a las personas, y es un rasgo característico de la celebración y la fiesta. Es armonía, proporción, orden. Todo lo bello es participación de la belleza de Dios. Por ello la contemplación de la belleza nos lleva a admirar a Dios, autor y modelo de toda belleza. El simbolismo y el lenguaje de formas y colores armónicos nos abre hacia valores superiores, trascendentes. Lo estético le da a la vida una dimensión más humana y optimista. "Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, es quien pone la alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicarse en la admiración" (Del mensaje del Concilio a los artistas).

Debemos recuperar en la evangelización el valor de la estética al servicio de la belleza como comunicación del Absoluto. Especialmente éste es un desafío, ante un mundo en que la preocupación por la apariencia, y la obsesión por la silueta, son tópicos que hoy en día, mueven a muchos jóvenes a tratar de alcanzar la imagen de los modelos publicitarios, lejos del modelo al que es posible llegar. Son los medios de comunicación los que han contribuido grandemente ha crear la falsa imagen de la belleza de hoy, un estilo que no corresponde a la realidad.

Los actuales cánones de belleza, exigen estándares físicos irreales, que muchas veces contribuyen a generar inseguridad y problemas psíquicos en los jóvenes, como la anorexia y la bulima.

Los comunicadores católicos debemos apuntar a una estética que, respetando los estilos de cada entidad y las claves culturales propias de cada país o región, apunte además a lo sobrenatural, donde la realidad es vista con ojos de esperanza. Es hora de impulsar nuestra creatividad para lograr una verdadera estética nueva, transida de valores humanos y cristianos.

Debemos ser capaces de traducir la riqueza de contenidos de la fe a lenguajes multimediáticos como los videoclips, los videojuegos interactivos y humanizadores, los cuentos, los auxilios pedagógicos y las páginas interactivas entre otras. Todo ello, claro está, sin que el mensaje se empobrezca, comprometiendo el depósito de la fe. La verdadera evangelización enriquece a las culturas, ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas, y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo. (Cfr. C.T.,53).

Respuesta a la cultura de la imagen

Es cierto que la utilización predominante de las imágenes, tiende a anular el desarrollo del lenguaje, y su consecuencia es disminuir o anular la capacidad analítica del pensamiento abstracto. Es el límite concreto y uno de los aspectos presentados como desafíos de esta cultura de la imagen. Hoy no se entiende ningún proceso de capacitación o transmisión de conocimientos o mensajes sin tener muy en cuenta lo visual. Y es que la persona no es sólo cerebro, y con la imagen y el sonido se apunta a diversos órganos y facultades del ser humano para hacer más plena la comunicación y relación entre emisor y receptor. Pero ni es tan ingenuo ni carece de riesgos. Muchas veces el proceso de aprendizaje de la televisión, transmisora de costumbres y modas, es diseñado por profesionales al servicio del rating o de los sponsors, que presentan las cosas de una manera mucho más entretenida que el maestro o profesor, y por sobre todas las cosas, no exige nada ni toma examen después.

De estos aspectos hemos de tomar conciencia. Toca a autoridades, instituciones y sobre todo a los padres de familia asumir su responsabilidad a cerca del control de los que sus hijos ven, favoreciendo el diálogo y el intercambio de opiniones frente a la catarata indiscriminada de imágenes que saturan la imaginación y el pensamiento. Es necesario un ejercicio del juicio crítico frente a lo que se ve, y el análisis de las propuestas que nos llegan por los medios audiovisuales. Así podremos aclarar sus contenidos, reforzar ciertos aspectos educativos, morales o sociales y contrarrestar aspectos negativos.

La tarea evangelizadora no puede obviar este hecho que forma parte de la cultura a la que hemos de comunicarle el Evangelio. A la vez que se utiliza la riqueza de las imágenes para hacer conocer la verdad de Dios y llevar al hombre de hoy al encuentro con él, se ha de formar en esa capacidad crítica frente a todo lo que se recibe cotidianamente. Es una forma de ayudar al crecimiento humano del hombre y la mujer de este tiempo que le toca vivir en una hora de grandes avances tecnológicos junto a una gran crisis de valores. Claridad y confusión parecen mezclarse en un camino sin rumbo ni orientación. Un todo dado, pensado por otros, que ejerce una poderosa influencia en la conducta, una realidad que va incapacitando en el pensar y complaciendo los sentidos que anulan la crítica, en una búsqueda incesante de lo placentero. Se descuida lo bueno por lo agradable. Se va tras lo fácil dejando de lado lo importante.

En el fondo, cada corazón humano, sigue sediento de una mirada de amor, que conozca desde lo interior y de respuesta. Necesidad de ser mirados por un rostro que enfrente nuestra mirada y nos de claridad en el camino de la verdad que plenifica. Cada corazón sigue buscando ver una realidad que lo trascienda, donde se vea reflejado en la santidad de una imagen de la que es espejo. Sigue el hombre caminando en el tiempo, añorando una visión eterna que le haga contemplar y vivir lo que de veras lo sacie, lo que permanezca más allá del tiempo y lo proyecte a una perpetua dicha de contemplación gozosa, semejante a la de los enamorados.

Esa visión se dará. Y es en la esperanza donde la aguardamos, pues todavía el ojo no vio lo que Dios tiene preparado a los que ama. Un día nuestros ojos contemplarán el rostro del Dios vivo que nos abrazará en su amor, y ante la ternura de su mirada, y la luminosidad de su rostro, ya no desearemos más que contemplarle, y entonces, las ansias y los quereres más profundos de la existencia humana, encontrarán en esa visión eterna, la plenitud que tanto buscábamos mientras vagábamos, entre luces y sombras, como peregrinos en la tierra, buscando nuestro cielo.-

(*) Delegado Episcopal para las Comunicaciones Sociales del Arzobispado de Rosario, Miembro de la Red de Teología y Espiritualidad del Comunicador de OCLACC