Manolo Berjón y Miguel Angel Cadenas*.- Los kukama han sido evangelizados desde el tiempo de las reducciones de Maynas en los siglos XVII y XVIII. De entonces para acá la presencia de la Iglesia ha sido intermitente. Desde la salida de los jesuitas en 1768 hasta la llegada de los agustinos en 1901 hubo un periodo de “curas doctrineros”, que en medio de situaciones muy difíciles, personales y estructurales, dieron continuidad al cristianismo. Evidentemente siempre ha habido pocos religiosos para territorios tan extensos y con desafíos tan grandes para pueblos indígenas.

Pero centrémonos un poco. Estábamos en medio de un curso de Animadores Cristianos, en el bajo Marañón (Perú), conversando sobre el matrimonio. La preocupación que nos planteaban los Animadores es del todo pertinente: la posibilidad de que los Animadores puedan acompañar a los moribundos que piden el sacramento del matrimonio. Para los kukama casarse es una forma de poder morir en paz. Una agonía prolongada significa que el enfermo no puede morir, le falta alguna cosa. Y, en muchas ocasiones, le falta el matrimonio.

Este era el contexto, pero la anécdota que vamos a contar nos cogió por sorpresa. Después de varios días de abordar el tema del matrimonio un Animador se levanta en medio de la asamblea y cuenta más o menos lo siguiente: en una comunidad vecina una mujer no podía morir. Tenía su pareja, pero su conviviente no quería casarse. Ante la insistencia del matrimonio por parte de la mujer, sus familiares fueron a visitar a una pareja anterior de la señora, para explorar si estaba dispuesto a casarse con ella en el lecho de su agonía. Pero tampoco accedió. La mujer había tenido otra pareja anterior, pero él había muerto, razón por la cual no era posible casarse.

La mujer agonizante insistía en casarse y sus familiares estaban ya desesperados, la desazón se extendía por toda la comunidad. Fueron a buscar al Animador Cristiano y aceptó presenciar el matrimonio. Pero no había ningún varón dispuesto a casarse. ¿Qué hacer? La solución que encontraron fue muy sencilla: la mujer se casó con “el palo de una escoba”. Evidentemente, después de la sorpresa inicial, comprendimos que se trataba de un asunto muy delicado en una situación extrema.

No se puede comprender esta situación sin percatarnos que estamos ante un desafío de primera magnitud. Para un occidental no existe matrimonio en esta situación, no puede haber consentimiento, ni consumación del acto. Sin embargo, para el pueblo kukama, en medio de la agonía, estos aspectos son secundarios. Lo que buscaba la mujer y sus familiares era morir en paz y retirarse de este mundo sin tener que molestar a sus familiares después de muerta (a través de sueños, ruidos, molestias varias).

Lo que hemos narrado no es una simple anécdota, es un reflejo del pensamiento de los pueblos indígenas. Comencemos por decir que la complejidad del asunto no puede ser abordada en un espacio tan breve. Detrás de esta situación existe un concepto de persona indígena muy importante. Por tanto, sin preguntarnos por lo que significa “ser persona” no podemos atisbar lo que está en juego. Lo que para los occidentales es un objeto (el palo de la escoba), para los pueblos indígenas se convierte en un sujeto y por eso puede llevarse a cabo la ceremonia del matrimonio. Las ideas sobre el “más allá” también se hacen presentes. Sin el matrimonio la mujer no puede morir y se prolonga la agonía. Si no se puede casar el espíritu de la mujer va a molestar a sus familiares que no la ayudaron a casarse. De ahí que los familiares de la mujer hagan todo lo posible para que pueda casarse.

Nos surgen muchas preguntas, algunas sin respuesta. Esta situación se ha producido después de casi 400 años de evangelización en el pueblo kukama. Los pueblos indígenas continúan presentando un desafío de primer orden para la Iglesia. No se trata de predicar únicamente, es importante saber qué hacen los pueblos indígenas con esta predicación. Es fácil comprender que estamos ante dos modos diferentes de entender la vida. Nosotros somos partidarios de tener paciencia histórica, de utilizar la inteligencia para saber lo que está sucediendo y de acompañar a las familias cristianas en situaciones interculturales inéditas.

Nuestra impresión es que todos los misioneros se han encontrado, a lo largo de toda la historia, con situaciones sin salida, aporías. Habitualmente se guarda silencio. Nos parece una estrategia poco seria. Primero, porque no permite pensarlo. Segundo, porque no permite socializarlo y discernirlo en comunidad. Tercero, porque no se toma en serio a los pueblos indígenas. Es cierto que plantea interrogantes complejos, pero no por eso debe ser presa del silencio. Tal vez no haya respuesta, pero el mismo hecho de plantear la pregunta nos parece de una gran honestidad para con lo real. Por eso, animamos a otros compañeros al debate y a que presenten también sus experiencias, sus hipótesis, los errores que hemos ido cometiendo y las posibles alternativas y caminos de acompañamiento. Si el sínodo panamazónico no se plantea cuestiones de fondo y trata de señalar, en la medida de lo posible, al menos a grandes rasgos algunas líneas de trabajo, no merece la pena el esfuerzo, se quedará en una consulta de expertos sin mayor incidencia en la vida diaria.

Llegados al final de esta nota es conveniente advertir que no se trata únicamente de racionalizar, sino de “leer con el corazón”. El corazón para los pueblos indígenas es la sede de la razón y de los sentimientos. Ambos están íntimamente unidos. Imponer silencio, apelar a la ley de la Iglesia… no va a evitar este tipo de situaciones, ni va a permitir acompañar. En lo profundo de nuestras vidas nos acompaña el Misterio.

*Misioneros Agustinos, en  Iquitos (Perú)