Néstor Briceño*.- ¿Recuerdan aquella película del año 2004 dirigida por Emerich y protagonizada por Dennis Quaid donde el mundo llega a su “final” a través de una nueva era glaciar y desde allí deben empezar de nuevo? Pues esa es la sensación que tengo hoy, pero con una gran diferencia: aún no ha llegado “el día después de mañana”, apenas estamos en medio de la turbulenta lucha donde estamos siendo testigos de la transformación de nuestra sociedad en algo que nos brindará la oportunidad para un nuevo comienzo.

Hoy muchos amanecieron tristes, cabizbajos, con un sin sabor o, mejor dicho, con un sabor a derrota. Pues les confieso que yo no estoy así. La verdad es que no esperaba nada distinto a lo sucedido; bueno, sí, nunca me esperé que el monstruo dictatorial se cobrara 16 víctimas para luego bailar sobre su sangre, gozando su supuesta victoria. La única razón para estar triste hoy es la pérdida de vidas inocentes, caídas para satisfacer la sed de sangre de los ídolos.

Pero estar tristes porque nos han visto cara de tontos y quieren que creamos que fueron más de ocho millones de votos, cuando sabemos que apenas fue el 12% del patrón electoral, pues no tiene mucho sentido. Al contrario. Esta mentira ayuda profundamente al proceso de liberación de nuestra patria. Tal vez no lo veamos claramente del todo en este momento, pues, como me dijo días pasados el Dr. José Carlos Blanco, a quien aprecio como gran intelectual que es, con palabras más o palabras menos: “la historia no puede leerse en el momento en el que se vive y en este momento no tenemos la capacidad para comprender por lo que estamos pasando”.

No poseemos todos los datos para poder leer este momento histórico, pero sí podemos vislumbrar algunas cosas que son necesarias ver:
1. Que se haya hablado de más de ocho millones de alguna manera legitima los siete millones y medio que participamos en el plebiscito. Es decir, tenían que decir que ayer fueron más que los que expresamos nuestra voluntad hace 15 días.
2. El inmenso repudio internacional que ha causado la Asamblea Nacional Constituyente es un verdadero triunfo de la democracia, pues por más que quieran maquillar el asunto, hay una violación a la voluntad soberana.
3. El proceso de liberación no ha terminado, apenas se ha llegado a un punto que muchos esperaban no arribaría. Sin embargo, ahora viene la parte más fuerte.

Comprendo que muchos se sientan desorientados, desanimados y hasta decepcionados el día de hoy. Pero esos sentimientos están muy lejos de cómo, a lo largo de la historia, podremos recordar estos días. Hoy, recordando nuevamente aquella película del 2004, estamos apenas viviendo el día de “mañana”; aún no hemos llegado al “día después de mañana”. En medio de tanta turbulencia, un hermano sacerdote escribía: “Me siento como la primera comunidad cristiana el viernes santo cuando ven morir a Jesús. Aún sin entender lo que acaba de pasar. Pero sé que lo superaron con la resurrección”. Yo creo que estamos un poquito mejor que aquella comunidad pascual: nosotros ya tenemos al Señor resucitado caminando a nuestro lado, por eso, nuestra fuerza es inmensa y se muestra en tantos jóvenes que están dando, literalmente, su vida por valores absolutos, por la libertad de nuestro pueblo.

Yo siento que estamos, más bien, como esa primera comunidad de cristianos en Roma que se negaba a idolatrar al césar, por lo que Nerón (que ostentaba el título de césar) quema la ciudad y culpa a los cristianos, despertando el odio contra ellos. Solamente desde Cristo se puede optar por la verdadera libertad, negarse a idolatrar a los nuevos césares y sus secuaces y ofrecer la vida dando testimonio de una opción fundamental por la Vida. Este más de centenar de compatriotas, incluidos los dieciséis de ayer, cuyas vidas han sido arrebatadas, se convierten en verdaderos testigos de una lucha contra el mal; son verdaderos mártires de libertad.

Y en este punto, viene a mi mente otra película, esta vez mucho más reciente y menos comercial, como lo es la última obra de Martin Scorsesse, “Silencio”. Allí dos sacerdotes jesuitas llegan a Japón en momentos donde la fe era perseguida; luego de ser recibidos por la comunidad local, van a comer juntos y ellos, con el desespero y el hambre, empiezan a comer. En ese momento, toda la comunidad se queda viéndolos y el mayor de los encargados inicia la oración de acción de gracias. Estos últimos, fueron capaces de dar testimonio del amor de Cristo con sus propias vidas.

La esperanza no es una virtud que aparece de la nada. La esperanza se nutre de la fe plena en que llegará lo esperado y desde nuestra fe, esperamos la plenitud del Reino de Dios y la vida eterna. La esperanza crece en la oración y en el amor expresado en obras concretas. La esperanza se alimenta del testimonio de los hermanos que han vislumbrado lo que todos esperamos. Por eso, nuestra esperanza contempla las vidas arrebatadas en este proceso, los cientos de hermanos que sufren la cárcel o las persecuciones por ser fieles al ideal de la fraternidad, los miles de jóvenes que han emigrado para regresar un día a reconstruir nuestra patria…

Hoy es un día de esperanza para todos nosotros. Un día en el que somos conscientes de estar caminando con Jesucristo Resucitado a nuestro lado. Un día en el que seguimos optando por la paz y la misericordia para construir lo que verdaderamente esperamos. Un día en el que continuamos llamando a nuestros hermanos que están idolatrando al nuevo césar para que se conviertan al único Dios de la Vida.

Y ¿qué podemos dar los sacerdotes en este proceso? Pues lo único que tenemos y es lo que hemos dado a lo largo de toda la historia: la presencia viva y real de Jesús Sacramentado que se hace presente en medio de su pueblo y nos alimenta con su amor.

Ya me lo decía ayer una comadre cuando comentábamos el encarcelamiento de Wuilly Arteaga: “Yo no sé si fue él, pero el miércoles por la tarde tuvimos a un violinista en la barricada de San Luis, tocó el himno, los presentes cantaron y a todos nos animó. Eso es más incendiario que cualquier bomba”. Si eso sucede con un violín, ¿se imaginan la fuerza y el poder de un pueblo animado por Jesucristo?

Queridos hermanos, no desfallezcamos. Vienen momentos oscuros y duros en los cuales no podemos perder de vista el faro que nos guía e ilumina, el mismo Jesucristo que nos ha mostrado el sentido de la verdadera fraternidad, del amor vivido de manera radical. Cuando lleguemos a vivir esa esperanza, entonces se caerán los ídolos y viviremos en libertad.
¡Dios nos bendiga y nos haga santos!

* P. Néstor A. Briceño Lugo
31 de julio de 2017
Fiesta de San Ignacio de Loyola

(Foto: metropoles.com)