Por Gonzalo Ortiz Crespo*
La comunicación social viene siendo preocupación del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana) desde mediados de la década de 1950, aunque en un inicio se la veía solamente como una herramienta más para la promoción de la doctrina católica. Luego, sobre todo con la creación de una oficina especializada, el Departamento de Comunicación Social (conocido como Decos), que coordinaba con las Conferencias Episcopales de cada país, se asumió mejor la especificidad de la comunicación y cómo esta se dinamizaba con las nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC). Para ello fue clave que aparecieran en América Latina las organizaciones especializadas en cine, radio y televisión (OCIC, UNDA-AL y UCLAP), nacidas de la práctica diaria de los católicos involucrados en estos menesteres, con mayor o menor apoyo de las Conferencias Episcopales nacionales.

A partir del concilio Vaticano II y en el camino de preparación de la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Celam II) en Medellín, tomó fuerza el tema de la comunicación social en relación no solo a la pastoral como tal, sino a la realidad de América Latina. Así se realizó un primer seminario de los responsables por los Secretariados Nacionales de la Comunicación Social (Santa Inés, Perú, 1966), que fueron seguidos por tres seminarios subregionales (Montevideo, Lima y San José, de mayo a julio de 1968).

Los medios, como instrumentos

Reflejo de esa nueva importancia que se daba a la comunicación es que uno de los dieciséis documentos que salieron de Medellín, verdadero certificado de bautismo de la Iglesia Latinoamericana, fue el relativo a la comunicación social.

Como es lógico, sus contenidos retoman las posiciones del Vaticano II (recuérdese que ese era el objetivo del Celam II. La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Vaticano II, tema propuesto por Pablo VI), en especial del decreto Inter Mirifica, sobre las comunicaciones.

Si uno lee ahora estos documentos se ve claramente que el enfoque era de los medios en tanto instrumentos, es decir herramientas del cambio social y de la evangelización. Como en todos los documentos de Medellín, está presente la crítica al subdesarrollo de América Latina y el empeño de cambiar aquella situación social y económica. Sin embargo, en este documento, como afirma Marques de Melo(1), existe una actitud ingenua debido al encantamiento frente a las nuevas TIC.

Esta visión instrumental ve a los medios como muy poderosos, capaces por sí mismos y mediante su uso adecuado de promover el desarrollo y sacar a los pueblos de sus condiciones de atraso, analfabetismo, falta de educación, salud. Hasta cierto punto, con la nueva concepción de la Iglesia como signo e instrumento de salvación, la cual pasaba por reconocer la historia de la salvación como historia de liberación, la visión sobre los medios era todavía parte de aquella concepción vertical que imponía imaginarios y podía “imponer” el desarrollo.

Luego vino la que llamamos Escuela Crítica Latinoamericana de la Comunicación, iniciada cuando Luis Ramiro Beltrán levantó en los años setenta los primeros cuestionamientos a esa mirada instrumental de los medios, a los que además identificó como uno de los problemas para el progreso en la región. Fue él quien, como pionero, defendió la comunicación como ejercicio de liberación y de ciudadanía. Junto con Pasquali, Verón, Marques de Melo, Bordenave y unos pocos más ejercieron gran influencia. Las preguntas que se hicieron llevaron a plantear las políticas públicas de comunicación. A ello se sumaron los aportes de Jesús Martín Barbero, que ayudaron a desmitificar a los medios: estos no eran mecanismos automáticos sino que pasaban por el tamiz de las “mediaciones”, es decir la cultura y condiciones del receptor.

Aunque en los documentos de la Iglesia de esa época aún no se reflejaban estos avances teóricos latinoamericanos, demás está decir que la propia Iglesia Latinoamericana estaba innovando no desde la teoría sino desde la práctica, con las Comunidades Cristianas de Base y con medios alternativos. En miles de reuniones en todo el Continente de las Comunidades de Base se ponía en práctica el principio de que la comunicación era realmente un contacto de dos vías, y no meramente información vertical o imposición, mientras las Escuelas Radiofónicas Populares de Riobamba o radio Sutatenza de Colombia hacían una comunicación novedosa para la educación (en el caso ecuatoriano, bilingüe) y la promoción popular.

La comunicación popular

Fue en 1978, cuando el Decos, a cargo de Washington Uranga, presentó el documento "La Evangelización y la Comunicación Social en América Latina", que la Iglesia hizo patente un avance en su manera de pensar la comunicación. Ese documento, producto de una recopilación de datos de 18 países, comentados por expertos de dentro y fuera de América Latina, fue, además, un insumo para el Celam III (Puebla, 1979), cuyo documento final dedicó casi tres docenas de párrafos a la comunicación social.

Aquí ya la Iglesia reconocía que la comunicación social está condicionada por la realidad sociocultural de las naciones de América Latina y no solo eso sino que los medios, o buena parte de ellos, vienen a ser ayudas eficaces para quienes quieren mantener la injusticia en la región al alinearse con los intereses de los poderosos y prestarse a su manipulación ideológica (n. 1071). Puebla llama entonces a la jerarquía y a los agentes de pastoral que conozcan y comprendan mejor el fenómeno de la comunicación y la integren en la pastoral de conjunto (n. 1083).

En realidad, Puebla no rechaza a los medios, pero ya no los ve, como Medellín, como autónomos, soberanos y poderosos. Pide que se los integre, pero enfatiza en la comunicación popular, en la comunicación grupal, en el diálogo como métodos de pastoral, la cual no puede dejar de lado el juicio y reflexión sobre los propios medios masivos de comunicación.

Los expertos consideran que si ya desde Medellín la Iglesia utilizaba esta comunicación alternativa y la exploración crítica, fue desde Puebla que tuvo un peso en los propios documentos de la jerarquía. Posteriormente se van a dar nuevas reuniones y un diálogo más intenso con los académicos y expertos de la Escuela Latinoamericana de Comunicación, en aspectos tales como la relación de la Iglesia y el Nuevo Orden Mundial de la Información (Nomic), sobre el que en 1982 aparecen dos documentos (Quito y Embú, Sao Paulo), y trabajos puntuales, en varios países, sobre el empleo de los medios audiovisuales y la prensa para los objetivos de evangelización y concienciación para el cambio social.

La cuarta Conferencia de los obispos (Celam IV, Santo Domingo, 1992) vio a la comunicación en una perspectiva teológica pues esta es un “camino que debe ser seguido para llegar a la comunión (comunidad)” (n. 279); admira y reconoce los avances tecnológicos pero también se lamenta de la insuficiente presencia de la Iglesia en los medios, para lo que pide se elaboren “políticas de estrategias de comunicación”, se preparen más los agentes de pastoral en lo técnico, doctrinal y moral y se eduque a las audiencias de los medios de comunicación.

La pastoral de la comunicación en Aparecida

El más reciente pronunciamiento de la Iglesia Latinoamericana es el de Aparecida (Celam V, 2007), que habla ya de “la pastoral de la comunicación” (n. 484 y siguientes), Hoy es, por tanto, un ámbito de la pastoral; ya no se plantea solamente usar la herramienta de la comunicación para la pastoral, sino que esta tiene que dirigirse al ámbito de la comunicación como un objeto en sí mismo. En los medios, como ya lo venía diciendo la Iglesia desde Santo Domingo, se juega gran parte de la cultura de América Latina. La Iglesia quiere comprender la nueva cultura de comunicación y diseñar una pastoral concreta para y con esta área.

Como lo hace notar Johana Puntel, en la Iglesia ha habido una evolución histórico-tecnológica en el concepto de la comunicación, pues ha pasado de los “medios de comunicación social” a la “comunicación social” para llegar a la “cultura de la comunicación”.

Por supuesto, en el camino de este último medio siglo se ha producido una revolución tecnológica, con la computación, el Internet y los celulares, que multiplica la creatividad, la potencialidad, la horizontalidad pero también la posibilidad de manipulación de las nuevas tecnologías. El consumidor o receptor de la comunicación se convierte en productor de ella, con un alcance global e inmediato. Todo esto crea, provoca y alimenta nuevos modos de percepción, nuevos lenguajes, nuevas sensibilidades.

“La revolución tecnológica y los procesos de globalización conforman el mundo actual como una gran cultura mediática. Esto implica una capacidad para reconocer los nuevos lenguajes, que pueden ayudar a una mayor humanización global. Estos nuevos lenguajes configuran un elemento articulador de los cambios en la sociedad”, dice el documento final (n. 484).

Así, Aparecida plantea el desafío de ingresar a esta nueva cultura y dialogar con ella. Retorna el antiguo tema del diálogo de fe y cultura, que ha preocupado a la Iglesia desde Pío XII, que se vuelve urgente en el Vaticano II, y que se reencarna ahora en la decisiva cultura de los medios, a la que hay que comprender y valorar.

Los obispos se comprometen a cosas concretas, a fin de formar discípulos y misioneros en este campo. “Nos comprometemos a acompañar a los comunicadores, procurando: a) Conocer y valorar esta nueva cultura de la comunicación. b) Promover la formación profesional en la cultura de la comunicación de todos los agentes y creyentes. c) Formar comunicadores profesionales competentes y comprometidos con los valores humanos y cristianos en la transformación evangélica de la sociedad, con particular atención a los propietarios, directores, programadores, periodistas y locutores” (n. 486).

Un antiguo objetivo, tener medios de comunicación propios vuelve a formularse: “d) Apoyar y optimizar, por parte de la Iglesia, la creación de medios de comunicación social propios, tanto en los sectores televisivo y radial, como en los sitios de Internet y en los medios impresos”, y también: “g) Animar las iniciativas existentes o por crear en este campo, con espíritu de comunión”.  Pero el ámbito es mayor y, por lo tanto, se comprometen también a “e) Estar presente en los medios de comunicación social: prensa, radio y TV, cine digital, sitios de Internet, foros y tantos otros sistemas para introducir en ellos el misterio de Cristo”.

La tarea educativa tiene la dimensión de la audiencia crítica, por lo que se proponen: “f) Educar la formación crítica en el uso de los medios de comunicación desde la primera edad. h) Suscitar leyes para promover una nueva cultura que proteja a los niños, jóvenes y a las personas más vulnerables, para que la comunicación no conculque los valores y, en cambio, cree criterios válidos de discernimiento. i) Desarrollar una política de comunicación capaz de ayudar, tanto las pastorales de comunicación como los medios de comunicación de inspiración católica, a encontrar su lugar en la misión evangelizadora de la Iglesia”.

Pero la V Conferencia aclara, con acierto que “Los medios de comunicación, en general, no sustituyen las relaciones personales ni la vida comunitaria local. Sin embargo, los sitios pueden reforzar y estimular el intercambio de experiencias y de informaciones que intensifiquen la práctica religiosa a través de acompañamientos y orientaciones. También en la familia deben los padres alertar a sus hijos para un uso consciente de los contenidos disponibles en la Internet, para complementar su formación educacional y moral” (n. 489).

En cuanto al otro fenómeno, ligado al subdesarrollo, la exclusión digital, llama a “las parroquias, comunidades, centros culturales e instituciones educacionales católicas” a estimular “la creación de puntos de red y salas digitales para promover la inclusión, desarrollando nuevas iniciativas y aprovechando, con una mirada positiva, aquellas que ya existen” (n. 490).

Así, Aparecida plantea nuevos conceptos y nuevos desafíos con relación a la comunicación, entendida en su plenitud y debe ser la base para planteamientos y soluciones de avanzada en los ámbitos de la comunicación social.

* Magister, Periodista, Ex Secretario de Comunicación, en el gobierno del Dr. Rodrigo Borja C., concejal y Vicealcalde de Quito; Miembro Correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; Miembro fundador de la Asociación de Comunicadores Cristianos del Ecuador, ACCE.

Artículo publicado en la revista digital Punto de Encuentro, de SIGNIS ALC, diciembre de 2017

Notas

1) Marques de Melo, José, Comunicación y Liberación (Petrópolis: Vozes, 1981), p. 11, cit. por Puntel, Joana T., La Iglesia y la democratización de la comunicación (Sao Paulo, Paulinas, 1994).