Subtitulada en América Latina como Una historia de amor, a pesar del manido título, La La Land es en verdad una historia de amor: amor al cine clásico, a la música, al jazz, a la ciudad de Los Ángeles; amor a los sueños propios y las esperanzas, al idealismo juvenil y su rebeldía, a la amistad y el compromiso.

Mia (Emma Stone) es una chica que trabaja en una cafetería cerca de los estudios de cine, pero  aspira a ser actriz, por más que siempre la rechazan en las entrevistas de trabajo. Sebastian (Ryan Gosling) es un pianista que se gana la vida tocando en bares la música comercial que no le agrada, porque venera el jazz y sueña con tener un club para tocar y escuchar jazz. Como es de esperarse, Mia y Sebastian se encuentran, primero para explotar en sus frustraciones y luego para luchar por sus ideales, enamorados de la vida y de sus sueños, en esa Ciudad de Estrellas (City of Stars) que, junto con Audition, resumen todo el espíritu de la historia: porque las estrellas no dejan de brillar, de alentar, de susurrar, a cada soñador.

En una sociedad actual donde poco valen los jóvenes, donde parece que todo conspira contra sus esperanzas, el joven director Damien Chazelle hace un atrevido y hermoso regreso a los musicales de Hollywood para decirnos que aún podemos “brindar por los que sueñan, aunque a algunos les puedan parecer tontos” (canción Audition), y que podemos cantar, bailar, imaginar, luchar, seguir adelante con pasión, y que “un poco de locura es necesaria”, pero también de sacrificio.

Al joven director de 32 años de edad, Damien Chazelle apenas lo descubrimos hace un año con Whipslash. Desde niño le apasionaron el cine y la música, y esa experiencia personal la transmite plenamente. Con sabor de nostalgia pero también con el espíritu de un luchador, Damien Chazelle se atreve a volver a los musicales de los años 50 y 60, cuando la amistad y el amor en Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia) superaban todos los obstáculos para llegar a donde se quiere,  los jóvenes de West Side Story (Amor sin barreras) desafiaban la sociedad de su época con canciones y exultantes coreografías,  y antes,  la pareja de Fred Astaire y Ginger Rogers parecían volar en sus bailes, mientras  el nostálgico epílogo de la película nos recuerda el final de Casablanca, el inmortal clásico del cine.  La La Land te atrapa desde los primeros minutos, con esa larga coreografía multitudinaria, en un atasco de carros dentro de las autopistas elevadas de Los Ángeles; secuencia vibrante, colorida, vital, contagiosa, aunque simbólica también porque siempre hemos de contar con nuestros atores en la vida.

Mia y Sebastian, aunque pertenecen a nuestro tiempo, se vuelven pretendidamente anacrónicos en la puesta en escena del director, en sus trajes, zapatos de tap, habitaciones de set, escenarios en Technicolor, y un romanticismo delicado y elegante.  En un momento especial de la película, en el Observatorio Griffith, donde en Rebelde sin causa, James Dean se enfrenta a la pandilla de la escuela y encuentra a Natalie Wood, ahora Sebastian y Mia protagonizan una de las secuencias más esplendorosas de lo que significa volar sobre el firmamento y perseguir sus sueños. En toda la película, la pareja de jóvenes actores brillan por la química entre ambos, por la espontaneidad y entrega que despliegan, y porque saben cantar y bailar los momentos más íntimos e importantes de la historia, y nos encantan. Un aplauso también a las partituras de Justin Hurwitz y las letras de Benj Pasek y Justin Paul, también protagonistas indiscutibles de la historia.

En las nominaciones a los premios Oscar, La La Land ha alcanzado el récord numérico de catorce nominaciones. Estamos ante una delicia de película, una apuesta de amor por los sueños de cada quien.

 

Luis García Orso, S.J.

México, 24 de enero de 2017