Roma, Italia.- A la edad de 81 años, la noche de este jueves 6 de julio, en Roma, falleció el médico y periodista español Joaquín Navarro-Valls, quien fuera director de la Sala de Prensa vaticana durante 22 años, y portavoz del ahora santo San Juan Pablo II y del papa Benedicto XVI. De 1977 a 1984 fue corresponsal del diario español ABC, para Italia y el Mediterráneo Oriental (Egipto, Grecia, Israel, Argelia y Turquía), período en que le correspondió cubrir, entre otros acontecimientos, el asesinato de Sadat y, como enviado especial, la crisis en Varsovia y la implantación de la ley marcial en diciembre de 1981, bajo la amenaza de los tanques rusos sobre Polonia.

Su calidad humana y profesional llevó a sus colegas en Roma a elegirlo Presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera en Italia. Su prestigio creció entre sus compañeros periodistas, cuando fueron detenidos dos colegas en una base militar italiana al intentar hacer un reportaje. El Gobierno italiano reaccionó con la amenaza de un juicio por espionaje. Joaquín se plantó en el Ministerio correspondiente haciendo notar lo desmesurado de la medida. El tema se diluyó cuando el futuro portavoz de la Santa Sede, amable pero firmemente, amenazó con movilizar a la prensa mundial, ante una reacción anómala y desenfocada contra dos excelentes periodistas.

Según relata su hermano Rafael Navarro-Valls, su nombramiento como Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede y portavoz del Papa sucedió así. Joaquín estaba presidiendo una rueda de prensa del magnate italiano Agnelli en la sede de la Asociación de la Prensa extranjera. Su secretaria le pasó una escueta nota: «Han llamado del Vaticano: el Papa le invita hoy a comer». Creyendo que era una broma, escribió a su vez: «Confirme la invitación».

Confirmada, el Presidente de la Asociación de la Prensa extranjera se encontró en la necesidad de acabar la rueda y salir corriendo al Vaticano, pero sin menospreciar a Agnelli. Joaquín detuvo la rueda con estas elegantes palabras: «Sr. Agnelli, lo que está usted diciendo y lo que prometen sus palabras es tan interesante, que merece una nueva rueda de prensa lo más pronto posible».

Lo que el Papa quería –Joaquín llegó a tiempo de corresponder a la invitación– era escuchar su punto de vista sobre una reestructuración de la Sala de Prensa del Vaticano.Joaquín, sin tener ni idea de la finalidad última de esas preguntas, emitió su sincera opinión. Días después, el Secretario de Estado le rogó que viniera a verle. Le propuso ser el portavoz papal y director de la Sala de Prensa de la Santa Sede. Joaquín –sorprendido– le dijo que tenía que pensárselo. El Secretario de Estado le contestó: «Piénselo usted, pero recuerde que, si no acepta, será la primera vez que alguien conteste negativamente a un ofrecimiento del Papa».

Ante esto, Navarro-Valls se convirtió en el primer laico con esa misión. Que ciertamente resultó larga: durante casi un cuarto de siglo bregó con los 300 periodistas habitualmente acreditados ante el Vaticano, dio varias veces la vuelta al mundo acompañando a Juan Pablo II –luego a Benedicto XVI– en sus más de 100 viajes fuera de Italia a 128 países, y fue enviado especial del Papa a Moscú, La Habana (donde preparó con Fidel Castro la visita de Juan Pablo II a Cuba) y como miembro especial de la delegación de la Santa Sede en las Conferencias internacionales de la ONU en El Cairo (1984), Copenhague (1995), Pekín (1995) y Estambul (1996).

Fue en la Conferencia de El Cairo cuando Navarro-Valls se enfrentó directamente con el Vicepresidente de Estados Unidos Al Gore. Se estaban debatiendo temas cercanos a la llamada salud reproductiva. Navarro se vio obligado a decir: «El vicepresidente se equivoca», a raíz de las versiones que Al Gore había lanzado sobre el significado de los textos en discusión. Y añadió: «El Cairo corre el riesgo de convertirse en una sesión llamada a sancionar un estilo de vida en círculos minoritarios de ciertas Sociedades opulentas, e imponer esos valores a las culturas emergentes y menos desarrolladas de nuestra sociedad». La reacción de Al Gore fue de sorpresa: no acertó a desmentir en el debate oral al Portavoz de la Santa Sede.

Desde luego Joaquín fue un hombre valiente y leal a su misión en la Santa Sede. Pero también destacaba por un gran corazón. Cuando el 2 de abril de 2005 debió confirmar la muerte de Juan Pablo II, su voz entrecortada por las lágrimas conmovió una audiencia de millones de personas en todo el mundo.

La misma reacción de afecto –de la que yo fui testigo, dice su hermano Rafael– que cuando el Papa nos llamó durante el velatorio de mi padre en Cartagena, para decirnos que rezaba por nuestro padre y especialmente por la mamma, nuestra madre.

Su independencia y estrecho contacto con Juan Pablo II se facilitó por su nulo deseo de hacer carrera en la curia. De hecho, cuando dejó el puesto, eludió cualquier cargo en la Santa Sede, prefiriendo dedicarse a la medicina en una universidad de ciencias médicas de Roma.

Unía una probada capacidad de conversador brillante, con el dominio de idiomas y afición por la música clásica, el tenis y la pesca submarina.

Por otra parte, Joaquín fue un hombre de profundas convicciones religiosas. Su pertenencia al Opus Dei le facilitó incrementarlas y conferirles mayor solidez. También en este aspecto fue un hombre privilegiado al tratar y conocer con cierta profundidad a tres santos: San Juan Pablo II, San Josemaría y el Beato Álvaro del Portillo.
Descanse en paz.