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08 mayo 2018

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El Desayunador del padre Chava, el refugio de los deportados que deben cruzar el muro hacia Tijuana

El Desayunador del padre Chava, el refugio de los deportados que deben cruzar el muro hacia Tijuana

Por: Leonardo Tarifeño

Ciudad de México.- Durante más de treinta años de periodismo, nunca un entrevistado me había pedido que le buscara a su hija. Tal vez por eso me tomó tan de sorpresa y no supe qué ni cómo responder. Si me negaba, tarde o temprano me corroería la culpa; si aceptaba el encargo, me convertía en un verdadero irresponsable. En lugar de decidir algo, como reclamaba el momento, me acerqué más a la señora María de la Luz Guajardo Castillo y le pregunté si al menos sabía dónde trabajaba esa hija perdida, María Elena Martínez.

 

-Ahorita, no sé. Hasta hace unos meses era cajera en un Carl’s Jr. de Tampa, en Florida.

 

Y ya no pude escuchar más, porque mi cabeza me decía que seguramente todas las cajeras de los Carl’s Jr. de Tampa se deben llamar María Elena Martínez. Estábamos en el Desayunador del padre Chava, el comedor para indigentes más grande de América Latina, enclavado en el extremo norte de Tijuana, a metros del paso fronterizo más transitado del mundo. A María de la Luz, de 57 años, la habían deportado de San Diego unas semanas antes, tras un episodio de violencia doméstica. Residía en Estados Unidos desde 1999. El hijo con el que vivía, Armando Fajardo, nació en San Diego, tiene 11 años, es autista y se quedó al otro lado de la frontera. Una vez en México, ella se descubrió sin recursos ni ayuda de ninguna clase. Su desamparo la sumó a la peor de las estadísticas: la que confirma que al menos 20 de los 120 deportados que arriban por día a Tijuana se transforman en homeless.

 

En el Desayunador, mientras hablábamos, de una bolsa de plástico negra sacó un montoncito de papeles arrugados y los desparramó sobre la mesa, piezas del puzzle de su incierto futuro. En el reverso de un volante que anunciaba cuartos en alquiler tenía escritos, con lápiz, el teléfono del hospital de San Diego y el nombre de un enfermero. El papel que decía haber perdido era aquel con los datos de su hija, María Elena Martínez, que vive en Tampa. Por eso me pidió que yo la buscara, para que pudiera contarle lo que le pasó y dónde y en qué condiciones estaba.

 

Media hora después de nuestro encuentro, antes de despedirse, me confesó que yo le daba confianza porque hablaba “como el Papa”, mi célebre compatriota. Al levantarme de la mesa para tirar el vaso de plástico en el que había tomado un café, volví a verla, esta vez junto a otra mujer tan enclenque, desgarbada y triste como ella, a un lado de la puerta de entrada del Desayunador. “Mira, ¿lo ves? -escuché que le decía a su amiga, sin dejar de señalarme-. Ese es el joven que me va a encontrar a mi hija”.

 

Durante todo el segundo semestre de 2015 fui a la frontera enviado por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México (INBA) para impartir un taller de escritura entre la población deportada. Por esa época, Estados Unidos expulsaba a Tijuana a unos 60.000 mexicanos por año, 160 por día. En un promedio de uno cada diez minutos, los deportados traspasaban una de las garitas de la ciudad con lo puesto y una mochila de plástico transparente, cortesía de las autoridades. Al otro lado, adonde ya no podrían regresar, quedaban sus familias, su trabajo, su vida.

 

En los centros de detención de Estados Unidos, la policía migratoria les quita los cordones de los zapatos y el cinturón para evitar agresiones o suicidios. A algunos se los devuelven; a la mayoría, no. Cuando entran en México, raramente llevan algo que sostenga sus pantalones o ate sus calzados. Gracias a ese detalle, la policía local los reconoce y los persigue a sabiendas de que traen dólares. De acuerdo a la amplia mayoría de testimonios que recogí en esos meses, la policía de Tijuana busca cualquier excusa para arrebatarles el dinero, les quitan sus documentos y los amenazan para que no los incriminen. En cuestión de minutos, los deportados se quedan lejos de su casa y de los suyos, sin documentos que les permitan conseguir trabajo ni perspectivas de qué hacer o adónde ir. Por eso van a comer al Desayunador del padre Chava, uno de los pocos lugares de la ciudad donde pueden alimentarse antes de buscar un albergue para no dormir a la intemperie.

 

Mientras las noticias recogían la histeria xenófoba representada por el “gran y hermoso muro” prometido por Donald Trump, durante varios meses yo me encontraba en el Desayunador con los silenciosos protagonistas de la que según el centro de estudios The Washington Office on Latin America (WOLA) es “la emergencia humanitaria más grave del hemisferio oeste”.

 

Allí traté a Nacho, mexicano que purgó ocho años de cárcel en tres prisiones de California por un crimen que no había cometido. Cuando la verdad salió a la luz, apenas fue liberado, él interpuso una demanda a las autoridades, pero para anular ese juicio lo deportaron porque su visa se había vencido durante el tiempo que estuvo encarcelado. También conocí a Emma, esposa de un ex militar y madre de tres niños, a la que le dieron una cita migratoria en Ciudad Juárez, del lado mexicano, y al momento de regresar a Vista, en California, le dijeron que su documentación sólo le permitía volver en un plazo posterior a los diez años. Y a Alex, ex miembro de la U.S. Navy, detenido en 2010 por conducir un camión con un cargamento de marihuana y expulsado a México en 2013 a pesar de haber pagado su delito con tres años de cárcel.

 

Conocí a ellos y a muchos otros, hombres y mujeres de todas las edades, con y sin antecedentes criminales, profesionales y estafadores, obreros y pequeños empresarios, padres de familia y jóvenes analfabetos o universitarios. El proyecto del INBA terminó en diciembre de 2015, pero yo igual mantuve la rutina de ir a Tijuana con frecuencia, durante los dos años siguientes. ¿Por qué? No lo sabía entonces y tampoco lo sé ahora. Para intentar una respuesta, escribí un libro (N. de la R: No vuelvas, el libro del autor sobre los deportados en Tijuana, se publicará en breve en México) a partir de esta experiencia. En una de las primeras páginas, cito el testimonio que la deportada Adelaida Hernández escribió para mí. En esa hoja, ella dice: “Aquí, en el Desayunador, todos somos personas deportadas, nos tienden la mano para ayudarnos pero nuestro mundo son las drogas y el alcohol, el poco dinero que conseguimos lo gastamos en droga, no nos importa nada más que andar bien pasados. Cuando nos ayudan, no lo vemos. En lo que a mí respecta, aquí fui voluntaria cinco meses tiempo completo, hasta que conseguí trabajo. No le quito nada a nadie y salgo adelante trabajando honradamente. Ahora también estudio para ser una persona de bien”.

 

-¿A usted le duele verlos así? Le aseguro que es peor ver cómo llegan a esto -me dijo un día la madre Margarita Andonaegui, coordinadora general y cofundadora del Desayunador. Según ella, una persona, cualquiera, tarda cinco días en convertirse en indigente.

 

-Si nadie los ayuda, a veces menos -agregó-. Para los que no tienen nada, una sonrisa y un plato de comida son más importantes de lo que pueda imaginar.

 

Hoy, no sé por qué, esas palabras me recuerdan el incómodo desagrado que muchas veces sentí en el Desayunador. Cada vez que se me acercaba alguno que inevitablemente olía como un zombie recién salido de la tumba, sólo pensaba en el momento de volver a respirar aire fresco. Una mañana, Margarita advirtió mi desconcierto y me regaló su antídoto.

 

-Mire, es infalible -me dijo-. Si les sonríe, le sonríen. No falla nunca. ¡Pruébelo!

 

Ese día, seguro de haber aprendido una lección importante, busqué a María de la Luz Guajardo Castillo por todo el Desayunador. Pero a la que encontré fue a aquella mujer a la que ella le había dicho que yo le encontraría a su hija. En cuanto me vio, dio por hecho que había cumplido el encargo de su amiga.

 

-Se va a poner muy contenta, joven, qué bueno que la pudo ayudar -me dijo, con una alegría inesperada.

 

En lugar de responderle, abracé su cuerpo frágil y quebradizo, definitivamente enfermo o vencido. Ella confiaba en mí, era una de las razones de su esperanza; su sonrisa, leve pero viva a pesar de tantos infortunios, me enseñaba que la esperanza no necesita razones.

 

Mientras escribo esto, las noticias sobre el muro de Trump suenan bajo la forma de alertas en mi celular. Su construcción será un desastre, me digo, quizás uno tan grande como caminar despojado de un cinturón y cordones en los zapatos, sin que nada ni nadie repare lo que otro arrancó.

 

…..

Crónica publicada originalmente en el Diario La Nación, de Argentina

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