.
Facebook   Twitter   Instagram   Youtube   Flicker

El dolor de la misericordia

Yusandra Yurico Yuca Naola* (EVARED) – En la actualidad y realidad en la que vivimos es necesario hablar sobre un tema hecho notorio por el Papa y la Iglesia, pero aún no completamente encarnado.

La Misericordia, del latín ‘miser’ (miserable, desdichado) y ‘cordis’ (corazón), abrir el corazón al miserable. Para el Papa Francisco la misericordia “es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar”. Nada más claro y práctico para nuestros días.

En su primera homilía como Pontífice es clara la centralidad del mensaje de la misericordia, descrito en la entrevista a Francisco por Andrea Tornielli como la expresión del “rostro de una Iglesia que no reprocha a los hombres su fragilidad y sus heridas, sino que las cura con la medicina de la misericordia”.

De lo cual es fácil desprender que la única forma de sentir realmente la misericordia del Padre es sentirse herido, dolido, saberse frágil y compungido. La misericordia nos da la posibilidad de profundizar en la experiencia más sensible y significativa de la vida de una persona; el camino no es sencillo. En un mundo lleno de competencia, egoísmo y egolatría, las personas no se detienen a revisar la posibilidad de recibir y dar misericordia.

El sentir dolor es el inicio de la misericordia. El sentirse desdichado, entender que somos sensibles a través del dolor, de la pérdida, del desamor, de la discriminación, de la marginación o la violencia, nos hace comprender que, como en cada uno de nosotros, en el mundo hay sufrimiento.

Sentir con los demás, con el dolor encarnado en ese sufrimiento de todas las personas, nos hace conscientes de qué es lo más importante en la vida. Aprender que se nos dan oportunidades diversas es necesario, pero entender que son las más dolorosas las que nos impulsan a ser más misericordiosos es importante para sentir la alegría más grande que implica dar más, paradójicamente, dar hasta que te duela para ser feliz.

Cada vez que visualizamos las noticias es inevitable ver el dolor por situaciones que se viven día a día en cada minuto; tantas muertes, abandonos, violencia por nuestros actos y la irresponsabilidad de algunos tantos que no han sido capaces de entender que ese mundo mejor, que todos queremos, todos debemos hacerlo posible. Quiero entender que ese dolor inevitable en nuestras vidas -que a veces nos traen oscuridad y, otras, luz- nos sensibiliza y nos hace más empáticos en situaciones que nos son completamente nuestras, que implica un dolor humano que va más allá de individualidades.

Una vez más las personas me han mostrado, con todas sus expresiones de lucha contra todos esos actos inhumanos de nuestra realidad, que es posible en cada gesto, cada palabra, cada sonrisa y cada esperanza, una muestra de sensibilidad al dolor del otro, la sensación de que detrás de todo este desprendimiento también se encuentran momentos de dolor que van interpelándolos a hacer algo más por los demás.

Quiero creer, una vez más, en esos niños, jóvenes y adultos; gente que, sin saberlo, dan de sí porque apuestan y se hacen más sensibles a la misericordia del Padre. Sentirse abrazados, consolados, perdonados, y así poder ser misericordiosos también. Estoy convencida cada día que eso es posible.

El dolor me ha mostrado la vida desde otra perspectiva, el sufrimiento me ha hecho encontrarme con mi más íntimo yo, y en el camino ha venido a mi encuentro el Padre misericordioso, me ha hecho sentir más de este mundo, parte del problema y de la solución.

“Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre”. Bula de convocación del jubileo extraordinario de la Misericordia.

* Bachiller en Psicología, Asesora Regional del voluntariado MAGIS.

Compartido por “La periferia es el centro”, La República, 3-11-16

Categorías

Consentimiento de Cookies con Real Cookie Banner