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Hechos de sufrimiento, narrativas de reconciliación.

SIGNIS ALC

24 junio 2020

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Historias del día a día de hombres y mujeres que trabajan por la paz. 

Historias del día a día de hombres y mujeres que trabajan por la paz. 

Germán Rey*

Cuando el 24 de noviembre de 2016, en el Teatro Colón (Bogotá), se firmó el Acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las FARC-EP, se puso fin a una de las confrontaciones bélicas más antiguas del hemisferio occidental. Y si bien se esperaba que ese momento fuera el comienzo de una nueva historia de paz, no se tenía tanta claridad como ahora, de que construirla era un proceso aún más complejo y doloroso que negociarla.

 

Una parte de la guerra como también de la paz ha estado marcada por la comunicación. Habitualmente se dice que una de las primeras víctimas de una guerra es la verdad y esto es así porque una de las iniciales fracturas que sufre una sociedad en medio de la violencia es la comunicación.

 

Colombia no fue una excepción en este sentido por varios motivos: la comunicación muy pronto se convirtió en un objetivo de la confrontación, los diferentes actores del conflicto tuvieron proyectos intencionados para imponer sus mensajes y para distorsionar o silenciar las de los otros y los comunicadores quedaron desprotegidos en medio de la guerra.

 

Las heridas de la guerra

 

No he vivido en un país que conozca la paz. Desde que recuerdo, en los tiempos de mi infancia, transcurridos en una pequeña ciudad de provincia, llegaban los mensajes de una guerra que se vivía paradójicamente, en lugares familiares pero desconocidos, cercanos pero alejados. Esa es una de las características del conflicto colombiano: a veces percibimos que sucede muy lejos, en tierras que pertenecen a nuestra épica familiar y a nuestras perplejas identidades nacionales, sometidas a una geografía agreste y difícil de ríos tormentosos, cañones impenetrables y montañas gigantescas en los que es casi imposible orientarse y muy fácil perderse. Muchas de las narraciones tienen el doble signo de la proximidad y lo lejano. Uno de los grandes poetas colombianos, Aurelio Arturo escribía “eran las hojas y las murmurantes lejanías/ las hojas y las lejanías llenas de hablas”, desde su pequeña oficina de burócrata del Estado, bellos poemas que precisamente destacaban un país desconocido, pero tremendamente vivo.

 

Los colombianos tenemos nuestra propia bitácora de claves para tratar de entender el país en que vivimos: hay una geografía cercana que dominamos y un extenso país que desconocemos. Un célebre historiador, Jaime Jaramillo Uribe, decía que Colombia mira hacia sus montañas y es un país mediterráneo. Pero más allá de esas montañas hay unas tierras desconocidas cuya existencia aprendimos en algunas de las grandes obras de la literatura nacional, como “La Vorágine”, “Cuatro años a bordo de mí mismo” o “Cien años de soledad”; de ellas provenían los habitantes que atravesaban las montañas y llegaban a las ciudades en las oleadas migratorias del campo a la ciudad, uno de los procesos que se vivieron más intensamente en el siglo XX. Sus modos de ser y sus culturas llegaron de la mano de las mujeres del servicio doméstico, de los obreros rasos que trabajaban en la construcción y después, como en una avalancha incontenible de los desplazados de la guerra que se fueron asentando en los cinturones empobrecidos de las periferias de nuestras ciudades. Ellos fueron poblando la ciudad del asfalto, muchas veces por la expulsión violenta de sus tierras feraces. Cada vez más nos fuimos encontrando con sus vidas crecidas en la informalidad, los pequeños oficios y las formas variadas de la exclusión.

 

Lo que parecía un país idílico se rompió en pedazos con el asesinato del político Jorge Eliécer Gaitán, las luchas entre liberales y conservadores, las incontables guerras civiles que no cedían sino que por el contrario se incrementaban, el largo período que recibió el nombre literal de “La Violencia”, el ingreso en una modernidad llena de discriminaciones, intolerancia y desigualdades y la irrupción del volcán del narcotráfico que se filtró por muchos de los intersticios de la vida social con su poder de corrupción y de muerte. Las insurgencias aparecieron hacia mediados del siglo XX unidas a sus utopías, pero se fundieron rápidamente en tropeles delictivos y en eslabones de organizaciones criminales que estimulaban negocios con sello global.

 

El conflicto colombiano fue dramáticamente largo (más de medio siglo), con múltiples actores y vivido en diferentes zonas del país, algunas muy alejadas y de difícil topografía. Un conflicto ubicado fundamentalmente en áreas rurales desprovistas de la presencia del Estado y mantenido por los dineros ingentes del narcotráfico y el pillaje de los dineros públicos.

 

Se trató entonces de un conflicto con poderosos ejércitos privados de narcotraficantes, paramilitares, guerrillas y bandas delincuenciales, que se fue degradando hasta límites humanitarios inconcebibles. La fuerza poderosa de estos actores armados ha dejado consecuencias pavorosas de desplazamiento, robo de tierras, exilios, torturas, muertes y vulneración de prácticamente todas las libertades civiles y los derechos humanos.

 

La situación de los comunicadores debe verse articulada al contexto más complejo y amplio del conflicto armado, porque son muchas las conexiones que tiene esta violencia desatada por la guerra con las realidades vividas durante estos años por el periodismo y la comunicación colombianos.

 

Una segunda característica de la violencia contra los comunicadores en Colombia ha sido la diversidad de actores. Los narcotraficantes que fueron generando estructuras del crimen organizado de gran poder y capacidad de corrupción y que se incrustaron no sólo en la trama delincuencial sino en la política y dentro de organizaciones del Estado; las guerrillas de diverso tipo que han actuado en regiones en las que alcanzaron un dominio territorial sin haber sido dominadas completamente por la fuerza legal; los paramilitares que generaron verdaderos ejércitos irregulares en muchos casos aliados con políticos y militares con los que cooptaron estructuras del estado local y se apropiaron de inmensos territorios de los que expulsaron a sangre y fuego a sus habitantes originales, casi siempre campesinos, comunidades afrocolombianas o grupos étnicos particularmente de indígenas; las bandas criminales (bacrim), que se han alimentado del hampa local, antiguos reinsertados de las autodefensas y las guerrillas y algunos ex miembros de la policía, el ejército y funcionarios, que medran alrededor de densos procesos de corrupción. A todos ellos se sumaron agentes del Estado, desde alcaldes y funcionarios públicos, hasta policías, organismos de seguridad y fuerzas militares.

 

Cada uno de estos actores tuvo una estrategia de arremetida violenta contra los comunicadores y un enfoque determinado de la información dentro de su funcionamiento guerrero. Existió una percepción del significado de la opinión pública y un conjunto de intereses para influenciar en ella, del todo funcional a su carácter criminal. Pero también se han producido procesos de hibridación criminal, asociaciones delictivas, conexiones y alianzas que han hecho aún más letal su acción contra la población, las instituciones del Estado y los periodistas.

 

De las regiones apartadas a la soledad más intensa

 

Una tercera característica de esta cartografía de la violencia contra los periodistas es su carácter regional. Colombia es un país de regiones, muy diferenciadas y particulares, que entremezclan el Caribe con lo andino, el contexto del Pacífico con los Llanos, la Amazonía con el sur del Cauca y el Putumayo.

 

En “La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)” del Centro Nacional de Memoria Histórica, refiriéndonos al concepto de “región comunicativa”, señalamos que “proponemos esta denominación para referirnos a que existe un tejido comunicativo en las regiones, que hace posible la producción, el intercambio y la apropiación social de significaciones sociales, económicas, políticas y culturales entre sus habitantes, grupos y entramado institucional. Este tejido no se circunscribe solamente a los medios de comunicación y a la labor periodística, sino que también tiene que ver con las demás mediaciones comunicativas de la sociedad, con los modos de generación y circulación de sentidos, con la construcción y funcionamiento de una opinión pública local y regional, con los sistemas de reconocimiento social de la legitimidad de las vocerías en los territorios y con las relaciones entre hegemonías y relevancias comunicativas. En esta realidad comunicativa existen intereses en disputa, comprensiones diferentes que compiten socialmente por prevalecer e influenciar en la población, discursos y contradiscursos y tendencias comunicativas promovidas por las distintas instituciones de la sociedad regional” (1).

 

El conflicto interno colombiano ha sido profundamente regional y esto explica el porqué la gran mayoría de periodistas y comunicadores asesinados, pero también amenazados, desplazados o torturados, han sido habitantes de las regiones. El periodista regional y local colombiano estuvo más cerca del epicentro de las confrontaciones bélicas, muy próximo a los actores violentos y en medio de zonas en donde el dominio territorial estaba en disputa entre actores ilegales y el Estado.

 

Un fenómeno muy importante ha sido el papel de las radios comunitarias, una buena parte de las cuales ha sido auspiciada por la Iglesia Católica y han tenido un papel en la interacción de las comunidades, su expresión social y el seguimiento de las vicisitudes de los pobladores más desprotegidos.

 

Con algunas excepciones, las regiones no tienen un tejido comunicativo muy desarrollado. Solo unas pocas poseen una cantidad importante de medios de comunicación, pauta publicitaria importante, centros de formación de periodistas y un número significativo de comunicadores. En muchas de ellas, los comunicadores son líderes de la comunidad, de la que son sus voceros conocidos y confiables, como también son los fiscalizadores de la acción de los gobernantes y por tanto la fuente más visible de investigaciones y denuncias.

 

Una de las grandes características de los comunicadores de región es su extrema soledad. Y en esta soledad los periodistas se vieron enfrentados a la agresividad de los ejércitos regulares e irregulares, a su animadversión y a la intención explícita de utilizarlos para cumplir objetivos.

 

Una cuarta característica de la violencia contra periodistas es su clara discriminación según tipo de medios. Los comunicadores más afectados fueron los de prensa y especialmente los de radio. Ello se explica por el propio desarrollo de los medios de comunicación en Colombia. Con pocos periódicos nacionales, Colombia es un país de periódicos regionales de gran arraigo y una multitud de pequeños emprendimientos periodísticos que son empresas unifamiliares, con redacciones mínimas, alcance local y una forma de propiedad que depende de una espada de Damocles: están muy supeditados a la pauta oficial. A esa situación se agrega el fuerte sesgo político que acompaña a la prensa escrita desde los tiempos de la Colonia. Este sesgo se vuelve un arma de doble filo cuando el ejercicio de informar se hace en medio de un conflicto devastador y sin límites. Con un estado ausente o en algunos casos, inexistente, el trabajo periodístico se realiza en medio de la indefensión y los peligros inminentes. A partir de la primera mitad del siglo XX, la radio ha tenido una gran importancia en Colombia. Existen desde grandes grupos radiales en los que se involucran activamente las emisoras regionales y locales a través del “encadenamiento”, especialmente para los noticieros, hasta radios comunitarias que son muy importantes como medios de comunicación de proximidad. De 1977 a 1985 fueron asesinados en Colombia 7 periodistas de prensa escrita, 5 de radio y 4 que trabajaban en ambos medios. En total, 16 comunicadores. De 1986 a 1995, fueron asesinados 29 periodistas de prensa escrita, 20 de radio y 6 que trabajaban en ambos medios para un total de 55 comunicadores. De 1996 a 2005 fueron asesinados 17 periodistas de prensa escrita y 25 de radio, para un total de 42. Finalmente, de 2006 a 2015, fueron asesinados 3 periodistas colombianos de prensa escrita y 8 de radio, para un total de 11 comunicadores (2).

 

Daño colectivo e impunidad

 

Una quinta característica de la violencia contra periodistas es la del daño colectivo ocasionado por la muerte o la amenazas contra los informadores. En territorios en los que el periodista es prácticamente la única fuente de información de la comunidad, su desaparición ocasiona graves consecuencias para la colectividad.

 

Una sexta característica es la absoluta impunidad que han vivido los comunicadores colombianos. De los 152 casos, sólo en cuatro se ha podido revelar y sentenciar a toda la cadena del crimen, desde sus determinadores intelectuales hasta sus autores materiales. Pero hay muchas circunstancias que rodean a la impunidad de los crímenes contra periodistas: la ausencia de investigación, la desorientación intencionada de los rumbos correctos de las investigaciones a través de imputaciones falsas, asesinatos de personas claves dentro de las indagaciones y un sistema judicial enmarañado e ineficiente.

 

Pero lo más grave de la impunidad no es que se hayan dado estos cuatro casos, sino que cerca del 50% de todos los crímenes contra comunicadores en Colombia hayan prescrito. Esto significa que judicialmente el tiempo para investigar, acusar y sentenciar ha finalizado y sus crímenes quedan sepultados en el olvido.

 

Una séptima característica es la atmosfera de intimidación que se agrega a los asesinatos de comunicadores. Existe un conjunto de actuaciones que se ciernen sobre la tarea informativa para generar presión o producir miedo: amenazas, autocensura, secuestro, tortura, bloqueo del oficio, desplazamiento o exilios, entre otras. Si la impunidad envía un terrible mensaje a la sociedad, la amenaza genera una atmósfera viciada y constrictiva. El mensaje de la impunidad es que no cuesta nada asesinar a un comunicador y la atmósfera es un entorno en el que ejercer el periodismo se convierte en un peligro real e inminente.

 

Una octava característica lo conforma el movimiento de resistencia que se dio al interior del periodismo, de organizaciones de la sociedad y del propio Estado colombiano. Ante la arremetida de los violentos se produjo un movimiento de solidaridad que permitió hacerles frente, de manera creativa y consistente, a los embates de los poderes ilegales. Colombia es un buen ejemplo, tanto del sufrimiento ocasionado por los criminales, como de experiencias imaginativas para apoyar y fortalecer el ejercicio independiente y crítico del periodismo de calidad.

 

Los signos de la paz y la nueva sabiduría

El Acuerdo de paz tuvo una decisión concreta sobre comunicación. Creó 2020 emisoras FM de interés público para la convivencia y la reconciliación con el fin de hacer pedagogía sobre los contenidos del Acuerdo Final y dar a conocer los avances en su implementación. Durante 2 años, el Comité de Comunicaciones Conjunto, compuesto por delegados del Gobierno Nacional y de las FARC-EP en tránsito a la vida civil, definirá, de común acuerdo, los contenidos de pedagogía y su producción.

 

Conocí la primera de estas emisoras en Chaparral (Tolima) el año pasado. Me impresionaron varias cosas. En primer lugar, las historias de las personas que trabajan en ella y sobre todo su enorme voluntad de construir una propuesta comunicativa que no mire hacia la guerra, sino que se comprometa de lleno con la paz. En Colombia la paz está pensada como un proceso duradero fundamentado en la verdad, la reparación, la reconciliación y la no repetición. ¿Cómo lograrlo desde la comunicación? He ahí el gran reto que tendrán estas emisoras. Y que pondrá en juego su capacidad de diálogo con su contexto, la interpretación de las preocupaciones y las esperanzas de los integrantes de su comunidad de proximidad, el desarrollo de una comunicación abierta y pluralista y el hallazgo de claves comunicativas que afiancen la reconciliación sobre la desconfianza, la convivencia sobre las heridas abiertas por el conflicto.

 

En segundo lugar, encontré un grupo de comunicación en que confluían, no de manera abstracta sino real y cotidiana, jóvenes comunicadores y ex guerrilleros, unidos en propósitos comunes que dejaban atrás los antagonismos del pasado.

 

Y, en tercer lugar, me preguntaba cómo las historias de estas emisoras, que estarán transmitiendo desde zonas que solo hace unos años eran territorios de barbarie y dolor, se convertirán en experiencia creíbles de los beneficios de la paz.

 

Solo pensarlo me atenuaba los pesares que viví durante los años en que dirigí la investigación para el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica “La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)”, que, por el contrario, recoge las pesadumbres y horrores vividos por los comunicadores de este país durante décadas.

 

Hay muchas huellas de paz en la comunicación que ha vivido el país. En la valentía de muchos comunicadores que, en medio de las situaciones más difíciles, optaron por la verdad, incluyendo sus consecuencias más terribles. La de colectivos que han buscado una comunicación que se identifique con las necesidades comunitarias o la de proyectos comunicativos que han buscado establecer un diálogo fructífero e imaginativo con su entorno.

 

Uno de los elementos de la comprensión comunicativa del Papa Francisco en su Encíclica “Laudato si” es el sentido de la información y su relación con la sabiduría. Hoy se producen ingentes cantidades de información que además circulan en la red a tan solo un paso del acceso generalizado de la gente. Basta un “clic” para ingresar en un mundo de portales, blogs, redes sociales. Pero la pregunta sobre el sentido de esta sociedad informatizada o sociedad-red, como la llamó Manuel Castells, va más allá del acceso o de la circulación informativa. Tiene que ver con asuntos que plantea Francisco, como la relación de la “rapidación” (3) y el deterioro de la vida humana, la posibilidad de diálogo, la contaminación y los “ruidos dispersivos”. Todas estas ideas están conectadas. Porque si algo se ha criticado en internet es su condición babélica, su ritmo frenético y la exagerada dependencia de la información.  “A esto se agregan las dinámicas de los medios del mundo digital que, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental“ (4).

 

Esta reflexión me hace recordar el final del discurso de Roland Barthes en el College de France: “Quizás ahora arriba la edad de otra experiencia: la de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado. Esta experiencia creo que tiene un nombre ilustre y pasado de moda, que osaré tomar aquí sin complejos, en la encrucijada misma de su etimología: Sapientia, ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor” (5).

 

Las nuevas narrativas de la paz deben dejar todo el espacio para que se exprese con profundidad el vigor de esta nueva sabiduría.

 

* Profesor en la Pontificia Universidad Javeriana, donde fue director del Centro Ático de tecnologías. Defensor del lector del periódico El Tiempo, integrante del Consejo de Ciencias Sociales del Sistema Nacional de Ciencia de Colombia, miembro de la Junta Directiva de la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano, ex asesor del Decos CELAM.

 

Referencias

1. CNMH, “La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015), Bogotá: Imprenta Nacional, 2015.

2. Todos los datos han sido tomados de “La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)”, CNMH, Bogotá, Imprenta Nacional,  2015.

3. “A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral”. (Laudato si, 18).

 

4. Laudato Si’, 47

5.  Roland Barthes, Lección Inaugural, México: Siglo XXI Editores, página 150.

 

Artículo publicado en la revista digital Punto de Encuentro, de SIGNIS ALC, junio 2020

 

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