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21 agosto 2021

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La desinformación entra en nuestros hogares y cabe en el bolsillo. ¿Cómo combatirla?

La desinformación entra en nuestros hogares y cabe en el bolsillo. ¿Cómo combatirla?

Por María Cristina Martínez Bravo*

 

Hace unos días mi madre envió una nota de voz para preguntar si el mensaje titulado “Todas las personas vacunadas morirán en 2 años”, relacionado con la vacuna contra la COVID-19 y atribuido a un premio Nobel, contenía información verdadera.

 

No es la primera vez que verifico información para mi cautelosa madre. Sí, soy su fact-checker (verificadora de hechos) personal. Y más que chequear datos, la mayoría de veces, hago un rol de divulgación al compartir el esfuerzo de cientos de iniciativas nacionales e internacionales que dedican su tiempo a desmentir o clarificar la desinformación que pulula por la red.

 

En este caso, si bien la información estaba disfrazada para hacerse pasar por verdadera – maquillada con datos, personajes reconocidos y otros ingredientes que aumentaban la confusión – solo hizo falta un par de búsquedas para encontrar varios artículos que clarificaban este contenido.  Lo cierto es que esta desinformación podría influir en que una persona tome la decisión de no vacunarse.

 

El impacto de una información falsa es incalculable, pero sus efectos se han hecho notar durante la pandemia. A este fenómeno a gran escala la Organización Mundial de la Salud (OMS) denominó infodemia[1]. Esta infoxicación[2] o sobrecarga informativa puede llegar a ser tan crítica como para afectar, por ejemplo, un sistema de salud pública. Esta situación se ha evidenciado en el último año, ya que, a partir de la difusión de contenidos con remedios milagrosos para tratar el virus, cientos de personas se han intoxicado y como consecuencia han saturado la ocupación de los hospitales[3].

 

El fact-checking o chequeo de datos es el conjunto de técnicas y procesos para analizar y verificar contenidos de difusión pública con el objetivo de detectar errores, imprecisiones y datos falsos. En septiembre de 2015, el Instituto Poynter formalizó la primera Red Internacional de Verificación de Hechos, IFCN por sus siglas en inglés (Internacional Fact-checking Network)[4]. Actualmente existen alrededor de 100 iniciativas en el mundo que se han sumado a esta misión.

 

En América del Sur existe al menos una iniciativa por país y, en la gran mayoría, más de una, dedicada a combatir la desinformación. Si bien su aporte es fundamental, es un hecho que su trabajo no alcanza el mismo nivel de difusión que la desinformación, lo cual todavía representa un gran desafío.

En una investigación reciente de la Universidad de Navarra[5], se analiza el fenómeno de la desinformación y se precisa el término «bulo» para definir mejor esta problemática, que, si bien ha sido relacionada con la expresión “noticia falsa”, no se trata sino de un contenido malintencionado que no tiene el fin de informar con hecho verdaderos, como la noticia, sino de engañar.

 

“Bulo es todo contenido intencionadamente falso y de apariencia verdadera, concebido con el fin de engañar a la ciudadanía, y difundido públicamente por cualquier plataforma o medio de comunicación social”. Salaverría y colaboradores, 2000.

 

De acuerdo al mismo estudio, una de las redes privadas donde más circula la desinformación es Whatsapp. Además, existen cuatro tipologías de bulos: la broma, la exageración, la descontextualización y el engaño. El bulo de tipo broma se refiere a la circulación de información falsa con un fin burlesco y satírico. El bulo caracterizado por la exageración corresponde a mensajes que sobrepasan los límites de lo verdadero y entran en la falsedad. La descontextualización como bulo surge a partir de declaraciones reales que han sido tergiversadas con mala intención. Por último, los bulos de tipo engaño se construyen sobre una falsificación absoluta con la intención de hacer pasar por verdaderos hechos falsos; este último es el tipo de bulo más común, de acuerdo a esta investigación.

 

Con múltiples disfraces la desinformación ha entrado en nuestros hogares, principalmente a través de las pantallas de los dispositivos móviles. Esta desinformación – que cabe en el bolsillo – viaja cientos de kilómetros a diario y sobrepasa los límites de las paredes de la casa, de la familia, del barrio, de la ciudad y el país. Es por ello que, si bien la desinformación es maniobrada por pocos, la responsabilidad del consumo y distribución es de muchos, y es justamente ahí donde entra el papel protagónico del prosumidor[6] y usuario crítico de internet.

 

El reciente mensaje del Papa Francisco para la Jornada de las Comunicaciones Sociales ha sentado las bases sobre el mensaje “ir y ver”, donde se insiste en que “todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas. Todos estamos llamados a ser testigos de la verdad: a ir, ver y compartir”[7].

 

En la era digital, esa búsqueda de la verdad está relacionada con ir, ver y compartir contenidos verificados, de medios y canales apropiados y responsables. Todo esto implica el ejercicio constante de hacerse las preguntas correctas, desinfoxicar la red y el compromiso firme a la hora de consumir, producir y distribuir información que sea nutritiva para todos y todas.

 

Claves para el consumo, producción y divulgación de contenidos

 

Si bien hay factores que nos hacen vulnerables a la desinformación, especialmente relacionados con nuestro dominio de las tecnologías y las competencias digitales que poseemos, es importante equiparse y resguardarse con un protocolo personal, el mismo que sirva de guía para poder valorar la información que consumimos y producimos. A continuación, se exponen tres aspectos básicos que deberían considerarse:

 

  • Analizar críticamente la información: El primer paso fundamental cuando nos encontramos frente a un contenido, antes de darlo por cierto y compartirlo, es plantearnos un proceso para valorar la información, es decir una rutina consciente para establecer el valor del contenido. Esta rutina puede ser la de realizar una búsqueda en la web sobre el tema, validar si esta información ha sido publicada por algún medio de comunicación con trayectoria y/o examinar el contenido desde múltiples ángulos partiendo de unas preguntas básicas para validar su veracidad y fuente. En este último punto es importante no confundir la fuente del contenido (su procedencia) con quien comparte el contenido (el transmisor). Cualquiera que sea el protocolo debe contribuir a reflexionar críticamente sobre el contenido y la intención de este. Recordemos también que no toda persona que produce y comparte información en internet es experta, por ello se aconseja validar contenidos, especialmente aquellos relacionados con la salud, en sitios web oficiales o reconocidos en su área.

 

  • Hacerse las preguntas correctas: estos son algunos ejemplos de preguntas que pueden orientarnos a la hora de validar información.

 

Al consumir contenidos: ¿El contenido aporta a mi desarrollo? ¿El contenido que consumo perjudica a otras personas? ¿Quién o cuál es la fuente del contenido? ¿La fuente es fiable? ¿Esta información está verificada o publicada en distintos de medios de comunicación pública o ha pasado por un proceso de verificación de datos? ¿En qué fuentes se basa el contenido? ¿Estoy basando mi criterio sobre el tema en una sola fuente? ¿Cuál es la intención de la fuente del contenido?

 

Al producir contenidos: ¿Domino el tema sobre el cual voy a contribuir? ¿La información aporta constructivamente y no pone en riesgos los derechos de las personas? ¿La información producida está basada en fuentes directas? ¿Los datos que he utilizado proceden de fuentes verificadas u oficiales? ¿Estoy basando mi comunicación en información de terceros no verificada?

 

Al compartir contenidos: ¿He verificado la información que comparto? ¿La fuente es confiable? ¿Estoy compartiendo con mi familia y conocidos información que aporta a su desarrollo? ¿La información compartida pone en peligro la vida, la seguridad o la salud de una persona? ¿La información compartida podría afectar a una persona/s o poner en riesgo algunos de sus derechos? ¿El mensaje que comparto solicita datos personales y pone en riesgo la información privada al entregarla a un tercero?

 

  • Crear una red de apoyo: es importante contar con un círculo de apoyo para hacer consultas sobre la veracidad de la información que nos llega. Por ejemplo, podemos conversar con los padres, los hijos, familiares allegados, amigos, profesionales del área de la que me quiero informar o simplemente con alguien que domine mejor que nosotros la tecnología y tenga un criterio formado.

 

Propuestas para ‘desinfoxicar’ la red

 

La desinformación implica múltiples desafíos que van desde una práctica y actitud personal hasta la intervención en el sistema educativo. Si bien existen muchas posibilidades para combatirla, en este texto nos centraremos en tres formas personales de hacerlo:

 

Dieta cognitiva. La sobrecarga informativa o infobesidad nos reta a seleccionar mejor lo que llevamos a nuestro cerebro a diario. Cual si se tratase de seleccionar alimentos para nutrir bien nuestro cuerpo, la dieta cognitiva se dirige a nutrir bien la mente a través de contenidos que aporten a nuestro crecimiento personal, social, profesional, etc.  Para el investigador Javier Serrano-Puche[8], esta dieta implica cuatro acciones concretas: 1) ser conscientes y asimilar la información que consumimos, 2) procesar la información realmente necesaria con el fin de no saturarnos, 3) utilizar la misma tecnología para gestionar mejor la sobrecarga con estrategias para filtrar la información y 4) combinar las anteriores con periodos de desconexión que permitan equilibrar la vida conectada.

 

Comunidades de aprendizaje. Estas comunidades pueden estar fuera o dentro de internet. La familia o el aula son comunidades de aprendizaje cercanas y directas, es decir podemos aprender a utilizar de mejor manera la tecnología haciendo preguntas sobre dudas concretas o generando un espacio de conversación para el aprendizaje. Por su parte, dentro de la red existen múltiples grupos para aprender sobre todo tipo de intereses; estos espacios se encuentran en redes sociales o en sitios web especializados[9]. El fin de enrolarse en estos grupos es empoderarse con las tecnologías y sacar mejor provecho desde el área de interés de cada persona. El involucrarse en comunidades ayuda a que la información sea más especializada y provenga de mejores fuentes.

 

Competencias digitales: Es importante comprender que las habilidades tecnológicas no se refieren solo a habilidades técnicas para la gestión y uso de dispositivos, sino que la alfabetización digital implica varias dimensiones que permiten el empoderamiento tecnosocial. En este sentido se han identificado seis dimensiones[10]: operativa, cognitiva, crítica, social, emocional, proyectiva, que permiten desarrollar habilidades concretas para participar en la cultura digital y sobre todo usar las TIC de forma crítica y segura. A continuación, se presentan algunos ejemplos de habilidades que deben ser desarrolladas en las diferentes dimensiones[11]:

Existen varias formas de mejorar nuestras competencias digitales; lo primero es nutrirse de un círculo en la red donde podamos aprovechar información relevante; una opción para construir este ambiente son las comunidades digitales. Otra alternativa es buscar cursos masivos en línea (MOOCs[12]) sobre temas específicos que deseemos aprender (muchos de estos son gratuitos).  Los videos tutoriales disponibles en redes son otra fuente de aprendizaje. Los laboratorios ciudadanos también ofrecen oportunidades para el aprendizaje, es el caso de OpenLab Ecuador[13] que, a través de tecnologías libres, constantemente ha consolidado espacios de conocimiento disponibles para toda la región.

 

Además, es importante informarse en las oficinas de los gobiernos locales acerca de capacitaciones de libre acceso, así como conocer el plan nacional de alfabetización digital. En Ecuador existe además una red de infocentros donde ocasionalmente se puede acceder a capacitación. Finalmente, recordemos que existe mucha información disponible en la web que puede apoyar el desarrollo de competencias digitales.

 

En definitiva, la dieta cognitiva, las comunidades de aprendizaje y el fortalecimiento de competencias digitales contribuyen a desinfoxicar la red ya que, a medida que nos empoderamos con la tecnología, somos usuarios más críticos, responsables, conscientes de nuestro uso y consumo en internet, lo cual favorece las buenas prácticas de consumo y producción de información, así como la construcción de una sociedad más justa, equitativa y mejor informada.

 

Es importante insistir en que la desinformación es un problema que puede vulnerar los derechos, poner en riesgo la vida y la seguridad integral de la persona. Es esencial reconocer el rostro humano detrás de la máquina y considerar que una persona puede ser afectada a distancia con un solo clic. Esto implica obrar bien, ejercer el rol de ‘buen samaritano’ con la información. Es decir, ser aquella persona que ayuda al otro combatiendo la desinformación, siendo responsable con los contenidos que llegan a nuestras pantallas, como parte de ese camino constante hacia la búsqueda de la verdad como persona y como sociedad.

 

* Candidata a Doctora en Comunicación y Máster en Investigación en Comunicación por la Universidad de Navarra (España). Licenciada en Comunicación Social por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Docente universitaria de grado y posgrado en las cátedras relacionadas con la comunicación, periodismo, marketing y publicidad digital. Activista de las Tecnologías de la Información y Comunicación para el desarrollo (TIC4D) y el conocimiento compartido.

 

[1] Término que hace referencia a la sobreabundancia de información (verdadera y falsa). En el contexto de la crisis sanitaria global el Director General de la OMS manifestó que “No sólo luchamos contra una epidemia, sino también contra una infodemia” https://www.un.org/es/coronavirus/articles/onu-contra-desinformacion-covid-19-ataques-ciberneticos

[2] El término infoxicación funciona como acrónimo de información tóxica. El término, que hace referencia a la sobresaturación de información, se le atribuye a Alfons Cornella.

[3] Primicias, medio ecuatoriano, reseña esta problemática de la intoxicación por recetas milagrosas que circulan en redes sociales https://www.primicias.ec/noticias/sociedad/pacientes-automedican-complican-ocupacion-hospitales/

[4] Sitio Web: Internacional Fact-checking Network www.poynter.org/ifcn

[5] Véase el artículo “Desinformación en tiempos de pandemia: tipología de los bulos sobre la Covid-19” http://profesionaldelainformacion.com/contenidos/2020/may/salaverria-buslon-lopez-leon-lopez-erviti.pdf

[6] El término prosumidor está construido con dos palabras: productor y consumidor. Hace referencia al usuario que es productor y consumidor de contenidos en Internet.

[7] Mensaje del Santo Padre para las 55 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales http://signisalc.org/userfiles/multimidia/documentos/4f85fe6612d615c4701e636526851227.pdf?fbclid=IwAR1vhVQ6j-Jsk42pm8nImOmu3cgoc0ZTHANE9vLcUhmKQN_vjPal6NVfLsw

[8] “Una propuesta de ‘Dieta digital’: repensando el consumo mediático en la era de la hiperconectividad” por Javier Serrano-Puche. https://www.academia.edu/5282777/Una_propuesta_de_Dieta_digital_repensando_el_consumo_medi%C3%A1tico_en_la_era_de_la_hiperconectividad

[9] Por ejemplo, si soy profesor/a redes como “Scolartic” (www.scolartic.com)  o “E-ducadores” (www.e-ducadores.org)  ofrecen espacios de prácticas innovadoras y competencias digitales especializadas. Si soy una mujer emprendedora comunidades como la de “Mujeres Construyendo” abre un abanico de posibilidades para aprender y crear contactos. Existen muchas comunidades para un sinfín de intereses.

[10] Véase la publicación “Dimensiones de la alfabetización digital en los marcos de competencias del Siglo XXI”. Página 735-744  https://redalfamed1.wixsite.com/redesyciudadania

[11] Los ejemplos de habilidades digitales presentados en la tabla se han adaptado del artículo “Meta-marco de la alfabetización digital: análisis comparado de marcos de competencias del siglo XXI” disponible en: http://nuevaepoca.revistalatinacs.org/index.php/revista/article/view/1512

[12] Existen varias plataformas conocidas para acceder a este tipo de cursos, por ejemplo: Coursera.org, Edx.org, Miriadax.net. Varias universidades también ofrecen MOOCs (de pago o gratuitos)

[13] OpenLab (www.openlab.ec) es un laboratorio ciudadano que busca generar diálogos y experiencias relacionadas a la cultura digital, la participación ciudadana y el conocimiento abierto. Liderado por activistas por el movimiento de software libre, de la educación popular y crítica, la ciencia ciudadana, la privacidad, la innovación abierta, el desarrollo del pensamiento computacional y del intercambio de saberes.

 

Artículo publicado en la Revista Punto de Encuentro (SIGNIS ALC), que está disponible para descarga gratuita aquí

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