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Santa noche

SIGNIS ALC

23 diciembre 2008

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La Iglesia se ha empeñado en preparar los corazones.

 

Monseñor Domingo Salvador Castagna, Arzobispo Emérito de Corrientes*

Dios se hace Niño y nos ofrece la gracia de verlo y abrazarlo, con tal que nos hagamos niños o inocentes como María y José. La Navidad es exclusivamente para quienes se hacen niños y pobres de corazón. Para quienes no lo son pasará a ser una fecha más, dedicada al brindis y a la diversión. Basta recorrer el estado en que dejan la “Santa Noche” los incansables delincuentes y los indiferentes. Durante todo el Adviento la Iglesia se ha empeñado en preparar los corazones – en hacerlos simples y humildes – para que, con los pastores, sepan adorar al Niño Dios. Allí, ante quien es la Verdad, los hombres se hacen sabios y se disponen a componer sus vidas. El Sagrado Pesebre es un espacio aparentemente ingenuo donde el Santo pobrecito (poverello) de Asís escribe la página más bella y logra la mejor síntesis para expresar el Misterio del Dios que ama a los hombres.

 

Simple y difícil mensaje el de Navidad. La vida actual, tensionada y complicada, aletarga la capacidad de apreciar la presencia de Dios “entre nosotros”. La fría indiferencia de Belén ofrece una nueva y agravada versión de aquella lejana Noche. También hoy los hombres ignoran lo que pasa, incluso quienes se identifican como seguidores del Cristo que nació entonces. Se diluye el contenido auténtico de la Navidad y se desecha la inventiva creyente de San Francisco – santo creador del Pesebre – para suplirla por un personaje, llamado Santa Claus, hábilmente comercializado y su pintoresco trineo. No nos es lícito esconder la verdad y pensar que hay tantos cristianos como bautizados. Países con mayoría de bautizados en la Iglesia Católica, como el nuestro, celebran como paganos la Navidad. De todos modos, el actual estado de cosas es un desafío para la acción evangelizadora de la Iglesia. Volver a la sencillez genial de Francisco de Asís y construir pesebres sigue siendo el camino de regreso a la Verdad olvidada. Los niños se extasían ante el Pequeño Dios recostado en un pesebre, bajo la mirada tierna de su Madre y la humilde vigilancia de José.

 

Jesús nos exhorta a aprender de los niños: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. (Marcos 10, 15) Santa Edith Stein afirmaba que “es más fácil dejarse crucificar con Cristo que hacerse pequeño con Él”. Ante una sociedad enferma de importancia el mensaje navideño produce un vuelco que pocos sabrán aceptar. Será preciso volver a nacer como lo expresó Jesús a Nicodemo (no como lo malinterpretó Nicodemo). Ver al Hijo de Dios, recién nacido como Hombre, exige el don divino de la fe. Es humanamente imposible entender que la Divinidad se arrope en la tibia carne de un Niño que, como niño, llora y busca con ansiedad su alimento. María lo ve desde la fe: lo ama con su corazón de madre y lo adora como creyente. De Él aprenderá quién es Dios, con los términos y gestos que Él aprenderá de ella. El pobre Pesebre ideado por el pobre Francisco se erige en cátedra de toda la Verdad. No se llega a esa Verdad – a sus aproximaciones o frágiles formulaciones sí – sino por el Pesebre acolchado de heno y débilmente iluminado por una trémula llama de candela. ¡Qué poco importante aparece lo único que importa!

 

Este mundo postcristiano debe volver a ser cristiano reabriendo el sendero humilde de Belén. La Navidad le ofrece la posibilidad de desandar los senderos del error y de la corrupción recorridos hasta hoy. Se exige un gesto de pobreza de corazón y aprender de los humildes pastores a identificar en el recién nacido al único Salvador. ¿Cómo lograrlo? Dulcemente atraído por María al ámbito austero del Pesebre donde podrá iniciar su nuevo sendero de conversión, desde un humilde gesto de adoración al pequeño Niño Dios. Deseémonos con este mensaje una muy Feliz Navidad y mi humilde bendición de Obispo de la Iglesia.

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