Adalid Contreras Baspineiro.-

 

En estos tiempos, en los que las recetas del libre mercado reaparecen renovadas como la panacea de la posmodernidad, (re)pensar el mundo desde coordenadas que tienen a la primacía de los derechos humanos y de la naturaleza en el horizonte y en sus andares pareciera un ejercicio históricamente desajustado, pese a que ofrece la posibilidad de imaginar y construir futuros de convivencia con esperanza.

 

Desde siempre las sociedades han imaginado estos mundos generando ideologías inspiradoras de movimientos sociales, culturales y políticos que, por lo general, reman a contracorriente de las historias oficiales. En nuestros tiempos, con sus adhesiones y detractores, así como con sentidas deudas en la aplicación práctica y consecuente de sus postulados, se destacan tres corrientes de pensamiento: la que proclama el “bien común de la humanidad”; la propuesta encíclica de la “ecología integral”; y la sugerencia por sociedades del “vivir bien/buen vivir”.

 

El bien común de la humanidad nos lo explica Francois Houtart, supone cuatro transiciones societales. Por una parte, redefinir las relaciones con la naturaleza, pasando de su explotación a su respeto como fuente de vida. En segundo lugar, reorientar la base de la vida, privilegiando el valor de uso por sobre el de cambio. En otro tema, reorganizar la vida generalizando la democracia en las relaciones sociales e institucionales. Y, finalmente, instaurar la interculturalidad en la construcción del bien común universal. Es una propuesta que gana arraigo en organizaciones sociales, asentándose en la existencia de bienes comunes como el agua, la tierra y la paz, que son responsabilidad de toda la humanidad.

 

El papa Francisco, en Laudatio Sí, hace una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el planeta, para lo que sugiere una aproximación integral de la vida, con un enfoque que busca devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente cuidar la naturaleza. Su propuesta radica en una ecología integral realizable en la casa común, la tierra de todos, con interdependencia de los ámbitos ambiental, económico, social y cultural para un planeta soportable, sostenible, viable y equitativo. Es una propuesta que ha ganado rápido arraigo no solo en los espacios de las iglesias, sino también en el de las organizaciones sociales y los Estados, colocándose como un obligado referente conceptual.

 

El vivir bien/buen vivir se desenvuelve en terreno resbaladizo, con acuerdos y desacuerdos, en una tensa construcción de pretendidas formas de convivencia armónica, en plenitud individual y social, en y con la tierra y el cosmos.

 

Los acuerdos están relacionados, por lo general, con la formulación de una raíz común basada en la búsqueda de concordia, justicia y armonía en un planeta que tiene que hacerse sostenible. En cambio, los desacuerdos radican principalmente en las controversias y desencantos que generan las contradicciones de políticas públicas que quisieran superar los marcos de un sistema capitalista que niegan y que las subsumen. Así, los cuestionamientos a inconclusos sistemas de gobernanza arrastran consigo la descalificación de la cosmovisión de la vida buena, juzgándola como inasible e inaplicable.

 

Bien común de la humanidad, ecología integral y vivir bien/buen vivir, como dice Pedro Casaldáliga, tienen un sentido evangelizador de “palabra libertadora” por formas de vida posible y digna. Si queremos un mundo regido por estas coordenadas, son necesarios hechos concretos, cotidianos y estructurales, bajo la premisa de que lo que se predica tiene que realizarse en la práctica.

 


 

Artículo publicado originalmente en el Diario La Razón, de Bolivia