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22 agosto 2021

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Urgencias y desafíos actuales para la comunicación popular y comunitaria en la era digital

Urgencias y desafíos actuales para la comunicación popular y comunitaria en la era digital

Por Edward Guimarães*

La comunicación entre las personas cumple su misión cuando se guía por la verdad, supera las distancias y el desconocimiento, aproxima los corazones, promueve el respeto y la escucha mutua, fomenta el diálogo y el intercambio de experiencias, crea lazos de amistad, se compromete con la búsqueda de la justicia y la construcción colectiva de paz.

João Batista Libanio, SJ (1932-2014), teólogo, profesor y excelente comunicador

 

No es tarea sencilla reflexionar críticamente sobre las urgencias y desafíos actuales para una comunicación popular y comunitaria en esta “era digital”, cuando somos conscientes de que la comunicación presupone, en cierta medida, la proximidad, la confianza y el encuentro fructífero entre la experiencia del sujeto que narra y comunica y del sujeto que lee, escucha o ve el contenido de la comunicación recibida. Sin embargo, no podemos pretender o ignorar que las personas y sus formas de ser y vivir juntas están cambiando muy rápidamente en la actualidad. La comunicación fue una de las primeras realidades en ser afectadas y transformadas por los sucesivos tsunamis impactantes de las tecnologías digitales.

 

La creciente revolución tecnológica en marcha, provocada con el advenimiento de Internet y los medios digitales, con sus intrincadas redes sociales virtuales e innumerables recursos para trabajar los contenidos de la comunicación, está construyendo día a día otra realidad social y cultural. La realidad virtual, muy rápida e intensamente, penetró y transformó todos los ámbitos de la vida en sociedad. No es solo una nueva presencia entre nosotros. Lo virtual está generando algo nuevo y sorprendente, muy diferente a lo que conocíamos, vivíamos y usábamos hasta entonces.

 

Todo se ve afectado. Desde nuestros procesos de construcción de identidad personal y colectiva, pasando por nuestras relaciones familiares, comunitarias, sociales, religiosas y culturales, hasta nuestras formas de aprender, aprehender la realidad, trabajar y crear. Incluso alteró nuestras percepciones del mundo y nuestros horizontes de sentido. De modo que podemos afirmar que, en el contexto actual, es prácticamente imposible que alguien pueda vivir sin verse afectado, en cierta medida, o quedar indiferente a los sucesivos impactos del universo digital. Y esto, incluso para quienes están marginados y excluidos de ella, o incluso, voluntariamente, marginados y excluidos de ella.

 

¿Qué hay de positivo o negativo, de posibilidades y amenazas en la “era digital” para la comunicación? Aquí no podemos ser ingenuos al juzgar, aceptar o rechazar. Pero antes de afrontar este necesario discernimiento, reflexionemos sobre lo que está emergiendo, desde la comunicación y para la comunicación, desde la larga y transformadora experiencia de este contexto pandémico en el que todos estamos[1].

 

I – La pandemia aceleró los procesos y puso de relieve viejas y nuevas urgencias y desafíos.

 

El contexto vivido de la pandemia COVID-19, una realidad que nos devasta y causa tantas víctimas -sólo en Brasil ya hay más de 532 mil muertos-, trajo demandas de aislamiento social y sanitario. Para muchos significó asumir concretamente el límite impuesto de “quedarse en casa” y responder a este desafío adaptándose al trabajo, al estudio, a relacionarse y a rezar “sin salir de casa”. En este caso, en concreto, asistimos a una búsqueda acelerada de acoger y apropiarnos de las innumerables posibilidades que ofrece la revolución digital. Esto significó para muchas personas, empresas, medios de comunicación, escuelas y religiones simplemente buscar adaptarse, más rápidamente, a la situación que ya se estaba dando cada vez más y con grandes avances antes de la pandemia: una entrada decisiva en la “era digital”.

 

Esta fue la realidad de una gran parte de la población incluida socioeconómicamente en la mesa de dignidad ciudadana. Hombres y mujeres con vivienda digna, empleo o ingresos, educación y condiciones económicas para comprar computadoras, teléfonos inteligentes, contratar buenos servicios de internet, etc. y adaptarse rápidamente a los límites impuestos y dar respuestas creativas para continuar con el dinamismo propio de sus vidas.

 

Sin embargo, esta no fue la realidad para la mayoría de la población, especialmente en los países del hemisferio sur: América Latina y el Caribe, África, Medio Oriente y Asia. Países que históricamente han sido y continúan siendo explotados y forzados a depender externamente de otros países. Países profundamente desiguales, injustos e internamente divididos entre ricos y pobres, incluidos y excluidos de los beneficios del sistema, en clases sociales definidas por aristocracias que se perpetúan en el poder sociopolítico, por grupos étnicos que se consideran superiores y tratan a los demás como inferiores y, sobre todo, por el poder económico acumulado.

 

Es importante percibir que si la pandemia de COVID-19 afectó a todos, no lo hizo y aún no afecta a todos de la misma manera, ni en la misma intensidad. Basta utilizar como criterio objetivo de análisis las condiciones para permanecer en un régimen de aislamiento social sanitario o, ahora, el de acceso a la vacuna. Los empobrecidos, los invisibilizados y los indeseables en los grandes centros urbanos – hablo de los que están condenados a vivir en la calle, subempleados y a permanecer alejados o sitiados en las periferias, tugurios y barrios marginales o en cárceles abarrotadas – los excluidos del acceso a la vida digna, de la mesa ciudadana compartida y de los derechos sociales básicos a la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, los ingresos dignos … fueron y están siendo alcanzados de manera más agresiva.

 

La pandemia hizo visible, imposible de esconder bajo la alfombra, la gravedad de las contradicciones provocadas y perpetuadas por la perversa desigualdad social. Desigualdad que se ha visto agravada por una lógica dominante y sistémica de concentración de ingresos, bienes y poder sociopolítico en manos de unos pocos. Es la lógica del sistema hegemónico en la actual etapa de desarrollo del capitalismo la que se puede caracterizar como “neoliberal de doble cara”: una financiera, especulativa y perversamente improductiva y la otra agroindustrial, extractivista y terriblemente destructiva y antiecológica.

 

Es muy triste, pero éticamente necesario, enfrentar la situación que estamos viviendo. La pandemia de COVID-19 no es la única pandemia entre nosotros. Hay “otros virus” mucho más agresivos y mortales que el COVID-19. Una parte muy significativa de la población de países pobres, injustos y desiguales se ha visto diariamente amenazada por la pandemia del virus de la indiferencia social; por la pandemia del virus de la banalización de la vida y del descarte a las personas pobres e indeseables; por la pandemia del virus de la miseria y el hambre; por la pandemia del virus de la ganancia y la corrupción que anula la responsabilidad social del Estado y destruye las políticas públicas de defensa de la vida; por la “pandemia del virus del desempleo y la uberización del trabajo; por la pandemia del virus de la violencia contra los derechos humanos, la dignidad de los pueblos indígenas y quilombolas, la violencia contra los jóvenes negros de la periferia, la dignidad de las mujeres y de quienes se asumen LGBTQI+; por la pandemia del virus del racismo estructural, del patriarcado ancestral; por el virus pandémico que, en nombre del lucro, destruye cada vez más el equilibrio de nuestra Casa común … Son muchas las “pandemias” que hay que combatir para que la vida sea nuestro mayor bien y, así, podamos avanzar en la búsqueda del buen vivir.

 

En el contexto actual, muchas personas sobreviven excluidas de la ciudadanía y de lo básico para tener una vida dignamente humana. Viven sin acceso a vivienda, salud, educación, trabajo, alimentación y seguridad social, transporte digno, ocio … Hoy surge el fenómeno del analfabetismo digital que caracteriza a quienes están fuera de Internet, los medios y las tecnologías digitales, lo que hace aún más grave y violenta la situación de exclusión social que ya viven.

 

Por supuesto, hay muchas reacciones contrarias, tanto a nivel local como mundial, a toda esta trágica situación de amenaza continua a la dignidad de la vida. Hay movimientos y organizaciones populares – regionales, nacionales e internacionales – comprometidos con las “vacunas necesarias” para inhibir o neutralizar las diversas pandemias. Luchas que necesitan ser conocidas, visibilizadas y potencializadas en gran medida por la comunicación éticamente responsable comprometida con la dignidad de la vida. Para “otra humanidad posible” necesitamos mucho más de lo que ya existe, incluso necesitamos, como señala el Papa Francisco en su Encíclica Social Fratelli Tutti, pensar en una gobernanza internacional y una buena política para nuestra “aldea global”[2]. Pero esta cuestión está más allá de los estrechos límites de esta reflexión.

 

Reflexionemos ahora un poco más sobre la comunicación popular y comunitaria en la era digital.

 

II – Urgencias y desafíos para la comunicación popular y comunitaria en la era digital

 

Una tarea siempre inconclusa es pensar críticamente qué entendemos por comunicación y, en este caso, comunicación social, popular y comunitaria. Hay exigencias éticas básicas irrenunciables que no se pueden ignorar. Eso porque la comunicación está en la base de la construcción de lazos sociales entre las personas o de su destrucción. No existen verdaderos vínculos comunitarios sin la mediación de una buena comunicación entre las personas involucradas en ellos. Cuidar de una buena comunicación, en este sentido, es cuidar la vida y la dinámica de la vida en la familia, en el trabajo, en la religión, en definitiva, en la vida en sociedad.

 

Decir esto cuando sabemos que la mayoría de los grandes medios y empresas que gestionan la comunicación social: Internet, TV, radio, periódicos, agencias de noticias, etc. – están concentrados en manos de grupos poderosos y que los utilizan más para defender y hacer valer sus intereses y puntos de vista que para buscar la verdad y defender la dignidad de la vida, supone algunos de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Entre estos podemos destacar: ¿Cómo desarrollar marcos regulatorios participativos, locales y globales, capaces de democratizar el acceso para todos y una gestión ética colectiva de los medios? ¿Cómo defender la libertad de prensa y, a la vez, cuidar la formación de la conciencia crítica y la corresponsabilidad en el control social en la era digital? ¿Cómo dar voz a los excluidos y sus movimientos populares y hacerse eco de sus gritos por la dignidad de la vida? ¿Cómo neutralizar los impactos, frenar y prevenir el uso de fakenews, así como otros delitos virtuales, y garantizar el derecho a la defensa de las víctimas inocentes?

 

Tales desafíos se vuelven urgentes cuando somos conscientes del grado de manipulación e instrumentalización perversa y cada vez más violenta del uso de los medios dictacionales en el contexto actual. Incluso se acuñan expresiones como la guerra cibernética, la guerra digital, la guerra híbrida, las guerras de quinta generación[3].

 

Creo que la práctica de la comunicación popular y comunitaria tiene algo precioso que enseñarnos. Cuanto más cerca de la vida de las personas están los medios de comunicación social: periódicos y radios comunitarias, canales de televisión locales, sitios web, redes sociales, grupos virtuales, etc. y su producción y acceso, más se puede avanzar en el necesario cuidado ético humanista. El distanciamiento, el anonimato, el desarraigo de la noticia, la información, el mensaje comunicado – lugar de producción, autoría, intenciones y objetivos, etc. – favorece, por el contrario, los intereses ocultos, la manipulación y la falsificación comprometida intencional de la verdad.

 

Una experiencia positiva ha sido la creación de consejos populares, con procesos de evaluación críticos y autocríticos, ya sea para el servicio prestado, como para el control de la calidad técnica, lenguaje y autenticidad de la comunicación presentada. Otra experiencia significativa es la creación de herramientas de autocontrol con observatorios – Observatório da Imprensa, comunicación en medios digitales, violencia urbana, violencia contra los pueblos indígenas, violencia contra los derechos humanos, agroindustria, barrios marginales, de la juventud, de la evangelización, etc. – así como canales para la verificación rápida de la autenticidad de una noticia, información o mensaje[4].

 

Necesitamos afirmar categóricamente que no hay comunicación auténticamente humana sin cierto nivel de encuentro entre las personas, de proximidad afectiva e interacción entre el emisor y el receptor del contenido comunicado. Además, sin un mínimo de experiencia de empatía, de ponerse en el lugar del otro, de cambiar de roles, de “ahora hablo, ahora escucho”; sin aquel “ven y verás”, como compromiso de despertar a la búsqueda y la experiencia misma de la verdad, de la que nos habla el Papa Francisco en su mensaje de este año con motivo de la 55ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales[5]. La auténtica comunicación humana, hay que decirlo, tiene lugar siempre entre sujetos que se reconocen como tales. Esto hay que cuidarlo mejor en esta “era digital”, en la que las tecnologías permiten, a través de lo virtual, acortar distancias, acercar los ojos y oídos a realidades, situaciones y personas geográficamente distantes. Pero también se pueden utilizar para manipular y engañar a quienes reciben la comunicación. Otra experiencia significativa ha sido la creación de círculos de conversación y cursos cortos que ofrecen ricas oportunidades para que las personas conozcan los bastidores y los instrumentos de producción de la comunicación, especialmente con las tecnologías digitales. Ese recurso aumenta la conciencia crítica y empodera a las comunidades para ejercer un mayor control frente a la manipulación.

 

A modo de conclusión

 

Termino esta reflexión con un llamado de atención y una alerta con la intención de abrir una buena ronda de diálogo. Existe una estrecha relación entre la comunicación y la educación crítica y la autocrítica sobre la que es necesario reflexionar. La mejor forma de asegurar una buena comunicación es la defensa de una educación pública crítica y autocrítica de calidad. Cuando se garantiza a todos, a nivel familiar, escolar, religioso y social, un acceso amplio para todos a una educación de calidad, se crean mecanismos de autonomía, empoderamiento y autorregulación popular.

 

Con educación crítica y autocrítica, se abren los ojos, las personas se vuelven mejores. Empiezan a tener más autoestima y a ser más exigentes en todos los niveles consigo mismos y con los demás. Se vuelven más sensibles y atentos al nivel ético en la defensa colectiva de sus derechos y cumplimiento de sus deberes.

 

* Teólogo laico, trabaja con la educación, universitaria y popular, es asesor de las CEBs, de la catequesis, pastorales sociales, movimientos y organizaciones populares. Profesor del Departamento de Ciencias de Religión de la PUC Minas, donde actúa como secretario ejecutivo del Observatorio de la Evangelización. Es doctor en Ciencias de la Religión por la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais (PUC Minas), es máster en Teología por la Facultad Jesuita de Filosofía y Teología (FAJE), donde cursó el bachillerato en Teología y Filosofía; es licenciado en Filosofía, por la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG). Miembro de la Sociedad de Teología y Ciencias de la Religión (SOTER), del grupo Emaús y de la Comunidad Bremen.

 

Referencias

 

1  ORLOWSKI, Jeff. O dilema das redes. Documental de Netflix, 2020. En este, especialistas en tecnología que participaron de la creación de las mayores empresas de tecnología de comunicación digital y de las llamadas redes sociales virtuales explicitan los peligrosos impactos de las redes sociales en la democracia y en la humanidad como un todo.

[2] PAPA FRANCISCO. Encíclica social Fratelli Tutti. Sobre la fraternidad y la amistad social. Disponible en:  https://www.vatican.va/content/francesco/pt/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html. Aceso en julio de 2021.

 

[3] Cf. EMPOLI, Giuliano da. Os engenheiros do Caos. São Paulo: Vestígio, 2019. Neste livro, o autor analisa como as Fake News, as teorias da conspiração e as tecnologias de algoritmos estão sendo utilizados para espalhar uma verdadeira cultura do ódio, o medo e até mesmo influenciar eleições ou ameaçar as democracias de diversos países.

 

[4] Cf. OBSERVATÓRIO DA IMPRENSA. Disponível em: <http://www.observatoriodaimprensa.com.br/>. Acesso em julho de 2021; OBSERVATÓRIO DA EVANGELIZAÇÃO. Disponível em: <https://observatoriodaevangelizacao.wordpress.com/>. Acesso em julho de 2011.

 

[5] PAPA FRANCISCO. Mensaje del papa Francisco para la LV Jornada mundial de las Comunicaciones sociales. Disponible em:  https://www.vatican.va/content/francesco/pt/messages/communications/documents/papa-francesco_20210123_messaggio-comunicazioni-sociali.html. Acceso en julio de 2021.

 

Artículo publicado en la Revista Punto de Encuentro (SIGNIS ALC), que está disponible para descarga gratuita aquí

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